Neurótica

El límite

Sin comentarios 03 Septiembre 2010

Por Romina Calderaro

Todos tenemos un pequeño conservador adentro, pero sólo algunos tratamos de combatirlo. Cuando se popularizó Facebook, primero me burlé de mis amigos que ingresaban a ese club, después me hice la indiferente y finalmente no pude evitar subirme a la ola. Después de todo, no ser refractaria a la tecnología es un signo de apertura mental. De modo que ahora tengo mi cuenta, con foto y todo. No la uso mucho, pero en ocasiones me ha sido de utilidad para comunicarme con gente por temas laborales. Y también, por qué no reconocerlo, para husmear en la vida ajena.
Un amigo que por ese entonces militaba en la resistencia cultural a las redes sociales, cuando supo que yo era una más del rebaño, me dijo textualmente: “no puedo creer que juegues a Facebook, ya estás grande”. No supe muy bien cómo ejercer mi defensa, otorgué con mi silencio, ensayé una sonrisa y cambié de tema.
Cosas de la vida, pasamos más de un año sin vernos. Esta semana nos cruzamos por la calle, compartimos un café, intercambiamos novedades y nos despedimos. Yo ya había hecho unos pasos hacia mi destino final cuando escuché que gritaba mi nombre. Pensé que se había olvidado de decirme algo importante, pero sólo tenía que agregar un comentario. “Te busqué en Twitter y no te encontré”, dijo. Retruqué, memoriosa, “no puedo creer que juegues a Twitter, ya estás grande”.
Él sí se supo defender: dijo que su función en ese mundo virtual es la de “espía”. No me interesó saber a quién estaba espiando, ni siquiera le creí. Simplemente comprobé, una vez más, que a veces hace falta dejar que pase el tiempo para saber si la gente termina nadando en el agua que alguna vez supo maldecir.
Una cosa tengo clara: esta vez no voy a intentar luchar contra el enano conservador que llevo dentro. Y el enano dice que ni se me ocurra sacarme un Twitter, que a nadie le interesa tener de mí información del tipo “me salieron duras las milanesas”. Sabemos, aunque nos duela, que la vida no tiene sentido, pero tampoco hay necesidad de estar recordándolo a cada rato en ciento cuarenta caracteres.

Neurótica

Mate amargo

9 Comentarios 27 Agosto 2010

Por Romina Calderaro

Sobre gustos no hay nada escrito. El dicho popular tiene la peculiaridad de estar universalmente aceptado en nuestro país. Los argentinos, que todo lo discutimos, no nos atreveríamos a criticar seriamente a alguien porque prefiere las albóndigas con puré a los langostinos empanados o porque le pone soda al vino tinto o porque dice, contra la opinión dominante, que el chocolate no le va ni le viene. Tolerancia y respeto son dos palabras que se imponen cuando se trata de analizar las preferencias gastronómicas ajenas. Por lo que acabo de exponer, mantuve durante años silenciada mi teoría sobre el mate. Llegó el momento de que salga a la luz: creo que es un brebaje espantoso y que no puede ser cierto que le guste a tanta gente. ¿Mienten los tomadores compulsivos de mate de nuestro país? ¿Decenas de miles de uruguayos están siendo engañados por sus sentidos o son masoquistas?
La respuesta me la dio, sin proponérselo, un profesor de antropología que mientras hacía su introducción a la materia (e intentaba familiarizarnos con la cuestión de la otredad, el relativismo cultural, etcétera), confesó que fuera de su casa tomaba café y que sólo tomaba mate –y con muchísimo placer— dentro de su hogar. “Para mí el mate es comodidad, relajación. Nunca lo tomaría en horario de trabajo o en una situación formal”, dijo. Y me aclaró el panorama.
Mi hipótesis es la siguiente: el mate es un gusto adquirido, como fumar. Nadie disfrutó su primer cigarrillo, pero a fuerza de repetición del acto de envenenamiento surge la adicción al tabaco. Con el brebaje rioplatense se me ocurre que pasa algo similar: el primer mate se toma en una situación social generalmente agradable, es parte de un ritual que se repetirá en el futuro (probablemente vinculado a un grupo de pertenencia familiar, de amistad o laboral) y termina siendo una rutina amable y hasta en algunos casos, adictiva. El contexto hace al placer.
Pero, por el amor de Dios, convengamos en que la bebida nacional no es rica. Hagan la prueba con un turista que no haya probado ni el mate ni el dulce de leche. Si se le ofrece primero un mate amargo y se le consulta su opinión y se repite la operación con una cucharada de dulce de leche, adivinen qué parte de la experiencia va a repetir en el futuro.
Sobre gustos no había nada escrito, pero ahora está esta columna. Materos del mundo, insúltenme tranquilos. Me lo tengo merecido por hereje.

Neurótica

Desear el mal

Sin comentarios 19 Agosto 2010

Por Romina Calderaro
El sistema de premios y castigos vigente en esta vida obedece a una lógica bastante extraña. Habrán podido comprobar que hay gente mala a la que le va bárbaro y hay gente buena a la que le suceden cosas horribles. Frente a ese panorama, cuando alguien que consideramos malo dirige hacia nosotros una acción reñida con la ética sin ninguna clase de culpa, suele pasar que nuestro ser se debate entre desearle o no desearle el mal.
Mucha gente, por convicción, no le desea el mal a nadie. A priori, uno los admira, pero charlando con esa clase de personas un poco más profundamente se puede verificar que esa actitud no está basada en un principio, sino en una superstición: “yo jamás le deseo el mal a nadie porque a la larga te vuelve”, confiesan. Así no me sirve: estoy interesada en la gente que puede prescindir de la venganza porque no la necesita, no en la que cree que tener malos pensamientos se le va a volver en contra y entonces hace como si no sintiera odio. Tampoco me sirve el paradigma de los que no desean el mal por motivos religiosos: lo dice el manual en el que decidieron creer, hay un código de convivencia que seguir y así se reducen las posibilidades de ejercer la libertad. La fe siempre es una solución en estos casos, pero no es la solución que me interesa.
La respuesta más interesante a este dilema la encontré en las personas que no desean el mal a quienes los dañaron porque tienen conciencia de que es inútil: la fuerza del pensamiento no alcanza para complicarle la vida a nadie, de modo que es mejor procurar el bienestar propio que perder tiempo y energía en procurar el malestar ajeno.
Y ahí sí me parece que hay un principio de respuesta al problema: pensar mal de alguien es una actividad muy demandante, mientras estamos concentrándonos en ese sujeto dejamos parcialmente de atender nuestras propias vidas, que siempre demandan atención. De modo que la solución egoísta es una buena aproximación al dilema: la maldad de tu curriculum vitae no alcanza para emplearte en mi empresa del pensamiento. Estás afuera de mi mente hasta que puedas hacer alarde de logros más significativos. Seguí participando, me voy a defender de vos cuando me ataques, pero no sos un actor en el elenco estable de mi vida.
A este tipo de personas, uno podría decirles: “ni siquiera te deseo el mal”. Que se encarguen de esa tarea la vida o personas más desocupadas mentalmente. Después de todo, si mal no recuerdo, nadie nos juró al nacer que el sistema de premios y castigos vigente en esta vida fuese justo.

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El Dios Azar

Sin comentarios 13 Agosto 2010

Por Romina Calderaro

Marcelo Birmajer es mi escritor argentino contemporáneo favorito. De las muchas cosas que recuerdo de sus libros, una de mis preferidas es el concepto de milagro al revés, que es algo así como la ocurrencia de un suceso tan improbable que raya con lo irracional, pero que tiene la carga invertida respecto del milagro regular: viene a complicarnos la vida contra todas las leyes tácitas de la existencia.
La semana pasada me acordé de Birmajer. Era un día de lluvia, mi despertador sonó a las nueve y evalué seriamente la posibilidad de faltar a clase de Pilates porque estaba un poco bajoneada. Pero me dije: “no puedo ser tan floja, qué me van a hacer una gotas” y me calcé el equipo de gimnasia junto a una cartera vieja llena de cosas que necesitaba para hacer unos trámites durante la mañana. Salí de mi casa caminando con prisa y sin pausa porque llegaba tarde.
Me faltaba media cuadra para llegar, estaba absorta en mis pensamientos, lamentándome de las malas noticias de la semana, cuando sentí que la cartera se deslizaba de mi antebrazo para pasar a pertenecer al motochorro que un instante después se iba tranquilito a quién sabe qué destino, con la tranquilidad de haber hecho el trabajo más fácil de toda su vida: breve, preciso, sin violencia.
Ni siquiera pude llorar: me salió un lamento agudo que no sabía que existía en mi repertorio gutural de quejas y me puse a contabilizar todo lo perdido. Después, lo de siempre: las denuncias, los trámites y la paranoia que acompaña a las víctimas durante unos días después de este tipo de sucesos, el consuelo de que no fui lastimada y demás etcéteras. Y la pregunta inútil contrafáctica que interpela al azar: ¿me hubiera salvado del robo si le hacía caso a mi instinto de querer seguir durmiendo en vez de tomar la decisión superyoica de ir a Pilates a pesar de mi estado de ánimo y la lluvia?
El milagro al revés no es muy frecuente, pero cuando aparece nos recuerda que son muy pocas las cosas que efectivamente dependen de nosotros, el Dios Azar es caprichoso y toma decisiones sin consultarnos. La certeza de su existencia nos habilita dos caminos: la desesperación o la relajación. En lo personal, decidí tomar el segundo: si hay cosas que están fuera de mi alcance, para qué preocuparme al respecto. Pero, por las dudas, la próxima vez que vaya a gimnasia voy a salir sin cartera. Hasta dónde yo sé, es muy difícil sacarle a alguien lo que no tiene.

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Un día sin miedo

1 Comentario 04 Agosto 2010

Por Romina Calderaro

En ocasiones, las sesiones de peluquería habilitan la confesión femenina. Esta semana encontré a Graciela, la encargada histórica del salón de belleza de mi barrio, llorando a mares. Me contó que había descubierto que su marido la engañaba, pero que no podía abandonarlo porque él paga el alquiler de la casa en la que ella vive con sus dos pequeñas hijas de un matrimonio anterior. Con su sueldo de peluquera no le alcanza para cubrir todos los gastos y el padre de las nenas nunca pone un mango para su manutención. De modo que el miedo, en este caso a la falta de dinero, es el sentimiento que condena a Graciela a seguir viviendo con un tipo al que querría abandonar.

Su caso me amargó la tarde y me llevó a pensar qué poco lugar tienen las verdaderas elecciones en la vida, aquellas que se toman por convicción, en relación con las que se toman por temor. ¿Cuánta gente se banca que le paguen a los premios en sus trabajos y no renuncia por miedo a no conseguir otro? ¿Cuántos forman pareja no por amor, sino por miedo a enfrentar la soledad? ¿Cuántas empleadas de casa de familia se bancan que sus empleadores las maltraten porque ellos son los que tienen el dinero? ¿Cuántos alumnos no piden revisión de examen cuando creen que su docente fue injusto en la calificación porque creen que si se cuestiona su criterio son capaces incluso de ponerles una nota menor a la que ya tenían? Y así, describiendo situaciones en las que el miedo decide por uno, podríamos pasarnos un día entero.

Claro que es difícil ser valiente cuando el de al lado es miedoso: si le contesto a mi jefe cuando me falta el respeto, es probable que con el tiempo consiga a otro empleado más sumiso y que decida reemplazarme. Sin embargo, ¿qué sudecería si un día nadie se dejara maltratar y todos los jefes del mundo fueran conscientes de que si se pasan de vivos, en adelante no encontrarían subalternos a quienes dirigir? Probablemente modificarían su actitud y la vida laboral sería más agradable para todos.

Decidí que voy a ir más seguido a la peluquería. Graciela necesita que la escuchen, a mí no me cuesta nada y a lo mejor la convenzo de que las opciones no son vivir con su marido infiel o quedarse en la calle. Siempre se puede encontrar una opción superadora a la espada y la pared.

Hace varios años, un periodista que llegó lejos en su carrera me contó que la clave de su éxito, además del talento, había sido tomar riesgos profesionales. “En la primera etapa decidía por miedo y comprobé que todas las decisiones de ese período fueron equivocadas”. En los momentos difíciles, siempre recuerdo su enseñanza.

Neurótica

Friends

Sin comentarios 28 Julio 2010

Por Romina Calderaro

En una escena memorable de Perdidos en Tokio, Bill Murray le revela a la jovencísima e impactante Scarlett Johansson que la gente no suele contar la verdad completa acerca del hecho de tener hijos. “Nadie –reflexiona Bill—te dice que el día en el que nace tu primer hijo tu vida cambia para siempre”. Y esos cambios no son sólo positivos, el combo viene surtido, como casi todo en esta vida. Por algún extraño motivo, de la parte mala o sacrificial del asunto nadie habla. Vende más la versión edulcorada.

Con el día del amigo pasa algo parecido: uno homenajea a sus amigos y festeja la existencia de la amistad como relación social que mejora el espíritu, lo cual es cierto, pero incompleto. Para los que tenemos amigos también debería haber una suerte de autocelebración: un “me felicito por tener amigos que me quieren y me extrañan, porque algo bueno habré hecho”.

Porque para tener un amigo hay que llenar muchos casilleros: haberle caído lo suficientemente bien a alguien como para que haya aceptado entablar con nosotros una relación duradera, que en el transcurso de esa relación hayamos estado atentos a las necesidades del otro y presentes en los momentos importantes de su vida (egoístas patológicos, abstenerse), que no hayamos sentido envidia (o no se haya notado) por sus logros, que nos hayamos jugado con el consejo oportuno en el momento exacto y una cantidad innumerable de etcéteras.

La amistad es un vínculo complejo: requiere tiempo, cuidado, respeto y compromiso. También es importante aceptar que nadie es perfecto y renunciar a la pretensión de cambiar al otro en los aspectos que consideramos erróneos. Como dice una compañera de trabajo, “yo a mis amigos también los quiero por sus miserias, no a pesar de ellas”.

A veces me pregunto por la antigüedad como variable positiva a tener en cuenta en la amistad. Seguramente es muy destacable sostener durante décadas un vínculo, pero yo hice grandes amigas después de los 25 años y no pienso cerrar la fábrica. Es un mito que en la adultez ya no se puedan establecer lazos profundos de esa índole, todo es una cuestión de actitud.

Dedico entonces este humilde texto a mis amigas y amigos actuales y a los que la vida me pueda regalar en los próximos años. Hasta el millón no paro, no quisiera sentirme menos que Roberto Carlos

Neurótica

Tipificaciones

1 Comentario 20 Julio 2010

Por Romina Calderaro

Como tengo un sentido del humor algo cínico, un amigo que se ríe –con culpa– de mis chistes, después de largar la carcajada de ocasión, siempre comenta en el mismo tono: “vos sos una jodida”.
La escena se repite desde hace años: él me acusa, yo callo y por ende otorgo; pero esta semana decidí ejercer mi derecho a defensa exponiéndole mi particular teoría sobre la condición humana, simpática aunque incomprobable científicamente.
En mi humilde opinión, la humanidad puede dividirse en cuatro grupos: la gente buena y transparente, la gente mala y transparente en su maldad, la gente buena que se hace la mala para protegerse de la maldad generalizada y, por último, los falsos copados, el único grupo que me subleva realmente por motivos que voy a detallar continuación.
Le dije a mi amigo –que dicho sea de paso escribe en este suplemento—que yo no soy ninguna jodida: en todo caso soy una falsa mala. Me hago la dura, la irónica, la indolente, porque considero que no se puede transitar sin riesgos por este mundo exhibiendo determinados grados de sensibilidad que pueden ser utilizados por nuestros ocasionales adversarios para perjudicarnos. El grupo humano al que pertenezco (yo no inventé nada, por cierto) va por la vida tratando de acercarse a la gente buena y alejándose de la mala. En ambos casos, lo que ayuda es que el otro sea genuino para poder tipificarlo correctamente.
El problema de los falsos copados es que le hacen creer al mundo que son gente muy agradable; son sociables, políticamente correctos y están siempre dispuestos (de la boca para afuera) a dar una mano, pero basta rascar un poquito la fachada para descubrir que venderían a su madre si de pronto las madres cotizaran un millón de dólares en la bolsa. Y después de la venta, presentan la situación de modo tal que la gente termina diciendo “pobrecito, necesitaba la plata, no lo justifico, pero lo entiendo”.
Mi amigo, el que me acusa de jodida y se ríe de mis chistes, coincidió con mi tipificación del mundo, pero después de escucharme atentamente quiso hacer una aclaración: “vos me parecés una copada, cuando te digo jodida es para chicanearte”, confesó. Una lástima: mi descargo entero tirado a la basura, toda mi teoría desplegada en base a un malentendido. En definitiva, una pérdida de tiempo y de energía, que decidí compensar poniendo por escrito mi marco referencial categórico sobre los cuatro tipos de seres humanos. Usted, lector, ¿se siente incluido en alguno de los grupos?

Neurótica

La peste blanca

1 Comentario 16 Julio 2010

Por Romina Calderaro

De un día para el otro –literalmente— se me dio por encarar los problemas de mi vida cotidiana cuya resolución depende en un cien por ciento de mi voluntad. Empecé por mi mala alimentación y la falta total de actividad física. El mismo día de la semana en el que comencé a hacer Pilates (la única gimnasia en la que duré tres meses), decidí comer sólo frutas y pedir una consulta con el mismo médico que consiguó bajarle la presión a mi mamá, para que me recomendara una dieta que me permitiera estar sana y de paso me ayudara a perder algunos kilos.
La elección del médico fue acertada: el doctor es un especialista en un tipo de alimentación que excluye por completo lo que él llama la peste blanca: azúcar, harina, fideos, quesos y yogures, pastas, obviamente pan y galletitas. También desaconseja seriamente el consumo de pollo: parece que viene lleno de hormonas, pero insiste en los beneficios de comer pescado tres veces por semana. Puaj.
Lo bueno es que el doctor propone alternativas para reemplazar la peste blanca: el azúcar común se puede cambiar por azúcar rubia, el pan blanco por pan integral, los lácteos por almendras (para obtener el calcio), las galletitas dulces por cualquier chocolate que tenga en su composición un 85 por ciento de cacao.
Por qué no –me dije— probar con una vida saludable. Durante ocho días completos fui una asidua concurrente a dietéticas, fruterías y pescaderías y me encargué de divulgar los beneficios de liberarse de la peste blanca. Hasta conseguí el cacao en barra, importado y, por cierto, bastante caro.
Todo funcionó bien hasta que me pusieron delante el primer asado con pan, vino, achuras y postre. Fue como pasar de una pensión con baño afuera a un hotel ocho estrellas: uno se acostumbra a la pensión hasta que conoce (en este caso recuerda) que existe una vida mejor.
Después del asado con amigos volví a la dieta sin problemas. Perdí peso, me siento bien, pero no sé hasta cuándo voy a resistir las privaciones. El hecho de que exista la peste blanca, la comprobación de que todo lo rico engorda o hace mal, me parece una prueba de la inexistencia o, peor aún, de la perversidad de Dios.
Resumiendo, no sé cuánto tiempo mi religión seguirá siendo la alimentación saludable, lo que sí tengo claro es que cada vez que intento resolver un problema apelando a mi voluntad, termino reafirmando mi ateísmo.

Neurótica

Prohibido deprimirse

Sin comentarios 10 Julio 2010

Por Romina Calderaro

No creo estar descubriendo la pólvora si digo que la vida es difícil. Estamos acostumbrados a seguir adelante a pesar de las dificultades cotidianas y en general ejercitamos la prepotencia de trabajo que alguna vez conceptualizó Roberto Arlt. Sabemos que los inconvenientes no deben paralizarnos y damos por verdaderas las siguientes premisas: casi todo tiene solución si se da la batalla correspondiente y nada se consigue abusando del recurso de la queja.
Sin embargo, a veces se producen fallas en la matrix. Recibimos una, dos, tres malas noticias seguidas y aunque nos propongamos salir adelante y hacer de cuenta que nada ha sucedido, nos invade una angustia y una desmotivación que no sabemos cómo sacarnos de encima. En esas circunstancias, la vida, que siempre tiene la última palabra, le hace jaque mate a nuestra fuerza de voluntad. Y sentimos que todo se derrumba a nuestro alrededor.
En esos momentos, sencillamente, uno no tiene ganas de hacer nada. Y el problema es que el mundo actual uno acepta que la gente se tome unos días libres por depresión. Verbigracia, se puede faltar al trabajo alegando un dolor de panza, pero no está bien visto decir “jefe, no voy porque me levanté con un nudo en la garganta”. No creo que el médico de la empresa vaya a aceptar ese síntoma como válido para pegarse el faltazo.
¿Qué hacer entonces, cuando sólo hay ganas de tirar la toalla? Aplicar lo que en términos económicos serían medidas contra cíclicas. Levantarse de la cama como si hoy pudiera ser un gran día (gracias, Joan Manuel, por ese himno a la buena onda), hacer muchas cosas para tener una agenda completa que no deje tiempo para que los pensamientos negativos tengan la oportunidad de hacerse presentes y, si así y todo la angustia no desaparece, evaluar la posibilidad de consultar con un analista para que nos ordene un poco la azotea.
Tampoco hay que soslayar la importancia que en momentos difíciles tienen la familia y los amigos: una palabra de aliento, un abrazo o la simple posibilidad de ser escuchados (y por lo tanto queridos) siempre son el combustible necesario para intentar volver a encender el fuego sagrado que se apaga cuando nos invade una mala racha.
De hecho, hay quienes creen que el optimismo es un músculo que se ejercita como cualquier otro. Será cuestión de hacer gimnasia aunque no nos guste, de tener claro que todo pasa, incluida la vida, que es tan difícil como apasionante. ¿O conocen mucha gente que se quiera morir?

Neurótica

Taxi Driver

1 Comentario 03 Julio 2010

Por Romina Calderaro

Un viaje en taxi, para bien o para mal, puede cambiarte el día. Todo depende de las opiniones políticas del chofer y de la historia personal que tenga para contar. Cuando de política se trata, mi día suele estar arruinado. Pero a veces las historias que escucho compensan la amargura de escuchar frases sobre la administración de la cosa pública que me ponen la piel de gallina.
Esta semana me la pasé recordando a Adalberto, un taxista que mientras me llevaba a Palermo no se privó de contarme su particular manera de transitar por este mundo. A los 60 años, Tito (me pidió que lo llame por su apodo) se había mudado solo por primera vez desde que nació. Hasta hace meses vivía con su madre “que nunca dejó de esperarme con un plato diferente de comida cada noche y una camisa planchada”. No es que Tito no haya tenido novias, de hecho tuvo dos mujeres importantes. A la primera la dejó porque era “mirona” y a él le molestaba profundamente que su mujer posara la vista sobre otros caballeros “siendo que yo no le hacía faltar nada”. A la segunda la dejó porque “fumaba como una chimenea”, pero sobre todo porque durante una pelea le cerró con demasiada virulencia la puerta de una cupé chevy que él adoraba y parece que le tuvo que cambiar un vidrio. “Se metió —recordó Tito con un dolor que aún hoy no lo abandona— con lo que yo más quería en el mundo.” A partir de ese incidente no quiso saber más nada con las mujeres. Dice que ya las conoce y ha tenido suficiente. Que, después de todo, ellas se lo perdieron. Porque jura que en su época de sodero no sólo “tenía una facha impresionante”, sino que como trabajaba de sol a sol sus mujeres eran tratadas como reinas porque plata no le faltaba. Y que como su pasión es el trabajo (y también su terapia, ya que nunca necesitó analista porque todo lo conversa con sus pasajeros) no le hace falta para nada la compañía femenina.
Dice Tito que ahora le encontró el gustito a vivir solo. Que sí extraña las camisas planchadas, pero que encontró un lavadero donde “una chinita que está enamorada de mí me hace precio por la ropa que plancha y siempre me agarra la mano. Quiere ponerse de novia, pero yo estoy bien así”, insiste.
Lo que lo tiene a mal traer a Tito es la falta de comida casera. Aunque encontró un bolichito en el que dos veces por día le dan de comer bien y barato, dice que extraña las delicias caseras de su santa madre.
Pero ni siquiera eso lo lleva a repensar su soltería: “para qué quiero una mujer si ahora ni siquiera saben cocinar”, dijo antes de cobrarme y desearme una buena vida.

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