Por Romina Calderaro
Todos tenemos un pequeño conservador adentro, pero sólo algunos tratamos de combatirlo. Cuando se popularizó Facebook, primero me burlé de mis amigos que ingresaban a ese club, después me hice la indiferente y finalmente no pude evitar subirme a la ola. Después de todo, no ser refractaria a la tecnología es un signo de apertura mental. De modo que ahora tengo mi cuenta, con foto y todo. No la uso mucho, pero en ocasiones me ha sido de utilidad para comunicarme con gente por temas laborales. Y también, por qué no reconocerlo, para husmear en la vida ajena.
Un amigo que por ese entonces militaba en la resistencia cultural a las redes sociales, cuando supo que yo era una más del rebaño, me dijo textualmente: “no puedo creer que juegues a Facebook, ya estás grande”. No supe muy bien cómo ejercer mi defensa, otorgué con mi silencio, ensayé una sonrisa y cambié de tema.
Cosas de la vida, pasamos más de un año sin vernos. Esta semana nos cruzamos por la calle, compartimos un café, intercambiamos novedades y nos despedimos. Yo ya había hecho unos pasos hacia mi destino final cuando escuché que gritaba mi nombre. Pensé que se había olvidado de decirme algo importante, pero sólo tenía que agregar un comentario. “Te busqué en Twitter y no te encontré”, dijo. Retruqué, memoriosa, “no puedo creer que juegues a Twitter, ya estás grande”.
Él sí se supo defender: dijo que su función en ese mundo virtual es la de “espía”. No me interesó saber a quién estaba espiando, ni siquiera le creí. Simplemente comprobé, una vez más, que a veces hace falta dejar que pase el tiempo para saber si la gente termina nadando en el agua que alguna vez supo maldecir.
Una cosa tengo clara: esta vez no voy a intentar luchar contra el enano conservador que llevo dentro. Y el enano dice que ni se me ocurra sacarme un Twitter, que a nadie le interesa tener de mí información del tipo “me salieron duras las milanesas”. Sabemos, aunque nos duela, que la vida no tiene sentido, pero tampoco hay necesidad de estar recordándolo a cada rato en ciento cuarenta caracteres.








