Por Tomás Aguerre
El día que asumió Mauricio Macri con un altísimo grado de popularidad, abrí mi DNI, observé mi domicilio legal y proyecté lo que sería mi vida política en ese lugar del interior del país. Acá no ganábamos más: una ciudad
que (contrariamente a lo que cree de sí misma) se sostiene en ciertos valores de conservación, frente a un gobierno que apuntaría a la gestión de “los problemas de la gente” luego de una experiencia progresista que había hecho agua en cada una de sus áreas. El macrismo había llegado para quedarse. Con acostarse sobre la tabla de barrenar y no provocar demasiadas olas, Mauricio Macri hubiese convertido a la Ciudad de Buenos Aires en la unidad básica del PRO. El único problema fue que el macrismo, aún, no había madurado.
¿Alguna vez intentaste discutir con un preadolescente? Es más agotador que discutir con un niño. El niño, al menos, sabe lo que quiere. Puede ser irracional en ese deseo: puede querer un cohete espacial para él solo y su grupito de malandras con los que va al jardín. Pero la discusión se ordena en torno a ese objetivo. Uno puede, frente al niño, argumentar las dificultades de instalar una plataforma de despegues espaciales en su patio. El pre-adolescente, en cambio, discute sin piso, porque no sabe lo que quiere. Da la sensación de que el macrismo tiene, por momentos, catorce años. Todavía no sabe bien si quiere jugar a la pelota dieciséis horas seguidas o darle un beso a la compañera de banco. Le crecen unos pelos y se los afeita mal, no mide las nuevas dimensiones de su cuerpo, intenta tomar cosas y las tira, torpemente, al suelo. El macrismo discute en esos términos. Sin pisos, sin orden. No es casual que Twitter sea un lugar explotado por ellos.
Porque permite ese balbuceo divagante de adolescente. De usar las tangentes como si fueran autopistas.
La derecha no sólo existe. La derecha debe existir. “La derecha”, incluso, debería dejar de ser un insulto, una descripción peyorativa. La derecha es un lugar de la política tan legítimo como cualquier otro. Con banderas diferentes a las que otros defendemos, con proyectos de país distintos. Pero que ayudan, por lo que no son, a construir ese país. Tiene que haber una derecha con la que se pueda dialogar. Una derecha que te incomode, de vez en cuando, corriéndote por izquierda; que sea capaz de reconocer avances y, en ese caso, criticar por lo que falta. Una derecha capaz de entender las formas de construcción política más allá del juego mediático y capacitada en términos de administración pública. Argentina tiene un problema estructural: le falta una burguesía nacional. Es ahí donde juega el Estado, como suplente de esa falta. Quizás con esta derecha pase lo mismo. Tal vez habría que estatizar la derecha, y crear un Ministerio de Derechas Racionales que financie su formación y preparación para la gestión. Porque si una buena derecha no existe, habrá que inventarla.








