Por Lucas Carrasco
Las distintas formaciones políticas opositoras al kirchnerismo se aprestan a modificar la táctica que las llevó a un callejón sin salida.
Recientes estudios de opinión muestran que el conglomerado “opositor” es así visto por la población, y esa amalgama que en la rapiña de cargos legislativos se hizo notar con el poco original nombre de “Grupo A” se encuentra en problemas justamente porque la población los ve simplemente como oposición. Nada más. Es decir, algo cuya identidad se define a partir del otro, y que depende siempre del otro para existir. Ese otro, ni más ni menos que quien reposicionó la política como administradora de los conflictos sociales, ese otro que define tu sueldo, tu jubilación, tu vereda, tu asfalto, tu vivienda, tu pasaje y tus vacaciones, necesita moverse para que la reacción pueda oponerse. Si el otro no se mueve a la izquierda la oposición no puede moverse a derecha, o viceversa.
Queda, de paso, linda la imagen: baila el ritmo contrario, previsiblemente antagónico, la llamada oposición, el ritmo contrario al gobierno nacional.
Ni siquiera el más profundo pensamiento propio y original de un sector de la oposición (el más consistente) como fue el “alika-alikate/quereme-querete” deja de ser una reacción antagónica, en este caso a la racionalidad, el sentido común y la capacidad poética.
Lejos de la bandera de considerar que la contaminación ambiental no viene de la General Paz sino de Catamarca, lejos de la bandera del Pino que tapa el bosque, lejos de la bandera de Clarín que expresa Silvana Giudici, lejos de las denuncias amorales de Elisa Carrió, lejos de las propuestas de elevación espiritual y comercial de Alejandro Rozitchner, lejos de las alabanzas a la mano invisible que le escribe el guión a Francisco De Narváez, lejos de eso la población los ve como la oposición. Nada más. El opuesto nunca es en sí mismo, el opuesto necesita de su antagonista para ser y estar. Pero el eventual antagonista no necesita del opositor para ser, sino que es quien maneja la agenda.
La esposa de cualquiera tiene todo el derecho a contradecir a su pareja, incluso discutir en público a los gritos, pero no deja, jamás, de ser solamente “la esposa de”.
Como “la esposa de” anda la llamada oposición, discutiendo a los gritos en público, arrogándose el derecho de denigrar, minimizar, competir, contradecir y polemizar (en eso consiste el matrimonio: un modo institucional de odiarse toda la vida) pero sin dejar jamás de ser la esposa de, que necesita que el marido actúe, accione, haga, para inmediatamente, como las esposas neuróticas, ponerse en la vereda de enfrente.
¿Por qué tiene problemas la oposición? Según los escribas de la derecha en la prensa militante, la oposición tiene problemas por no ser oposición, por no “unirse”. El mito de la “unidad opositora” antes propio del sectarismo troskista, ahora se agita como necesidad imperiosa desde la prensa de derecha.
La táctica de encerrarse en un callejón para rapiñar contratos en las cámaras legislativas, la táctica de ser oposición como les pide a gritos la prensa militante, se agotó y demuestra sus límites. La oposición tiene problemas porque se muestra como oposición, como rejunte que en espejo inverso contradice, niega, actúa y habla en función del otro: el que verdaderamente lleva la batuta.
Todo muy lindo, pero la derecha de este país quiere una alternativa, no la histeria de una esposa que odia sin saber muy bien por qué a su marido.
No la histeria de las parejas que se llevan a las patadas donde uno siempre manda y el otro, se opone.



Así, el grupo Clarín, que controla diversas organizaciones empresarias (cogobierna la más importante, la Asociación Empresaria Argentina, y tiene fuertes injerencias en la Unión Industrial Argentina, a la vez que conduce a ADEPA y sostiene fuertes alianzas trasnacionales con la Sociedad Interamericana de Prensa), se plantea como norte la disputa con los sectores medios del país que escapan a su lógica de mercado cautivo.





