Por Iván Heyn
Desde hace algunos años, la expansión del servicio de internet por cable viene creciendo explosivamente. La disputa sobre el mercado de las telecomunicaciones es un proceso que se observa en todo el mundo como resultado del avance tecnológico. La provisión de internet requería, hasta hace poco tiempo, de una red de cableado. Es por este motivo que el servicio llega a través de las redes teléfonicas o de televisión por cable. Las tecnologías de provisión son bien conocidas: las empresas de cable lo hacen vía cable modem y las telefónicas vía ADSL. El avance de la tecnología inalámbrica favoreció el desarrollo de nuevas modalidades de servicios que en argentina vienen creciendo fuertemente.
Este tipo de actividades requiere un fuerte nivel de regulación estatal en la medida en que son provistas por empresas visiblemente concentradas. Para poder competir en la provisión del servicio de internet, es necesario realizar un cableado al lugar donde se quiere llegar. Esto implica una inversión fuerte en la etapa de instalación de la red, que se vuelve mucho menor cuando se trata solo de mantener lo ya instalado. Esta situación hace que exista una “barrera a la entrada” de nuevos competidores, y por lo tanto, da un poder absoluto al que controla la red. Es decir que para poder participar en estos mercados deben existir autoridades públicas que fijen las reglas de juego para evitar que este poder de mercado pueda ser utilizado en contra de los consumidores y de los intereses mayoritarios de la sociedad.
Muchos lugares del país que no son rentables ya sea por la cantidad de población o por el perfil socioeconómico de sus habitantes no tendrían acceso a este servicio de no ser por empresas cooperativas que, fuera de la lógica de la rentabilidad, tienen como objetivo garantizar el servicio.
La fuerte relación que existe entre el mercado de las comunicaciones y las empresas periodísticas siempre permitió en este negocio márgenes de acción muy amplios. Este es el caso del Grupo Clarín que es propietario de la empresa Cablevisión, proveedora de TV por cable y de Fibertel proveedora de internet. Hace algún tiempo, los directivos del grupo decidieron fusionar las dos empresas, disolviendo, entonces, Fibertel. Y si bien informaron este movimiento a la Inspección General de Justicia, nunca fueron autorizados por al Comisión Nacional de Comunicaciones para que esta fusión de empresas pudiera seguir prestando el servicio de internet. Esta situación irregular era conocida por la compañía. El Grupo Clarín decidió vender acciones en la Bolsa, lo que supone el deber de presentar información a los inversores sobre los riesgos que tiene la empresa. Allí, ellos mismos reconocieron que no estaban autorizados a proveer el servicio. Esta situación ilegal fue subsanada por el Estado hace algunos días al exigirle a Cablevisión que cese de realizar esta actividad abriendo la posibilidad de pase de todos los usuarios de forma gratuita a otros proveedores.
Desde el Grupo y sus medios de prensa se intentó generar pánico alarmando a los usuarios sobre la posibilidad de quedarse sin el servicio. Pino Solanas completó el cuadro diciendo que se moría. Manto de piedad.
Lo cierto es que la red de cable sigue existiendo y lo único que va a pasar es que otros jugadores que ya participan en el mercado, entre ellos un número muy grande de cooperativas que prestan el servicio en el interior del país, tendrán posibilidad de participar de este mercado. El pataleo tiene más que ver con que los que ayer fueron amos y señores en el negocio de las telecomunicaciones, hoy son sometidos a las mismas reglas de juego que todos los argentinos. ¿Es tan grave? Ni a palos.








