El Laburante

Tiralíneas

Sin comentarios 04 Septiembre 2010

Por Matías Castañeda

Esta noche vuelve a la televisión abierta Víctor Hugo Morales. Hace ya varios años, tras su alejamiento de Desayuno, que el mejor relator de fútbol del mundo no nos habla desde la tele de aire. Es curioso su derrotero, Víctor Hugo es el único periodista al que lo levantaron intempestivamente durante el kirchnerismo. A muchos no le renovaron el contrato, por ejemplo, pero el único que tiene el privilegio de poder hacerse el censurado es Víctor Hugo (¡cómo quisieran muchos otros estar en su lugar!). Esto sucedió en los primeros meses del gobierno de Néstor Kirchner, cuando todo era paz y amor por parte de la prensa. La voz disonante de Víctor Hugo al lado de Pepe Pompín se hizo oír y mucho. Y alguien tomó la decisión de que no siga (o le pusieron condiciones que él no aceptó) y de un día para el otro no estuvo más.
Unos años después Radio Continental le ofreció (además de comandar la parte deportiva) encabezar un magazine, la segunda mañana, el horario más importante de la AM. La línea editorial de Víctor Hugo venía coincidiendo por esos años con quienes controlan la radio, el grupo español Prisa. De hecho, durante el conflicto con las patronales rurales encontró en el uruguayo locutor una voz defensiva. Pero la vida, las posiciones siempre trasparentes, la honestidad y, principalmente, la implementación por parte de Cristina Fernández de viejas banderas suyas, como lo son el fin del monopolio del fútbol y la Ley de Medios, encontraron en Víctor Hugo un acérrimo adherente, impensado e inmejorable, porque ningún periodista como él en este país conserva ese halo de honestidad intelectual. Eso lo acercó a intentar entender fenómenos complejos en los que antes, quizás por default, se ponía enfrente (esa bestia informe que muchas veces es el peronismo para parte de cierta clase media ilustrada). Ahí, en el fondo de las medidas, no encontraba ya Víctor Hugo planes diabólicos. Y desde la platea local empezó a hinchar por el club visitante, con argumentos demoledores y esa prosa proverbial.
Víctor Hugo es hoy enemigo de sus más rancios oyentes y norte de lo que él llama “una muchachada” que lo empezó a llenar de cariño por la calle. Suele decir por estos días que la Ley de Medios para muchos pibes fue una bandera que desde hace tiempo la juventud no tenía. Y es cierto. También repite que mil veces elige los oyentes nuevos a los que se le acercan de mala manera a exigirle que revea sus posicionamientos. Un gesto que se emparenta más con el punk rock que con la música clásica que tanto ama. Víctor Hugo es un consumidor compulsivo de la oferta cultural de Buenos Aires.
Para VH todo sucedió más que nada en el éter, cuando después de trabajar sus primeros años por diversas emisoras uruguayas desembarcó en nuestro país, por suerte. No soy tan adulto como para recordar Sport 80, mítico programa deportivo de radio Mitre que reunía a una selección de periodistas como Adrián Paenza, Néstor Ibarra, Marcelo Araujo, Fernando Niembro y Tití Fernández, entre otros. De allí recaló en Continental, en la que hasta hoy, quién sabe si mañana, está desde hace 23 años como la voz de las trasmisiones de fútbol.
Por primera vez Víctor Hugo encarará un programa político en prime time en la televisión abierta y es un misterio de qué viene la cosa. Por suerte esta noche lo dilucidaremos desde las 21.30 en Canal 9, con su flamante Bajando Línea. Se prometen entrevistas, archivo y twitter, todo bajo la producción de Gastón Portal.

Tumor Gráfico

Tumor Gráfico 72

2 Comentarios 04 Septiembre 2010

lady gaga

Estereotipos

La treintañera boluda que habla de su gato como si fuera su hijo

10 Comentarios 03 Septiembre 2010

Es capaz de volverse de una fiesta sólo para darle de comer a su “hijo”.

Planea sus vacaciones en función de quién cuidará de su mascota, en su casa, claro.

Compara las ventajas que tiene respecto de un niño y de un perro, en un mismo nivel.

Elije al veterinario con tanto cuidado como a un pediatra.

Sufre si el gato se ausenta por más de dos horas, y se siente abandonada.

Duerme con el gato en su cama.

En una primera cita es infaltable la pregunta “¿Te gustan los gatos?”

Hace rato, igual, que no hay una “primera cita”.

Habla en las sesiones de terapia sobre su relación con el gato

Si está sin pareja no se desespera porque “siempre tendrá a su gato”.

Está sin pareja.

Piensa que en otra vida ella fue gato.

Asume la defensa de todos los gatos cuando son denostados públicamente.

Cuando sus amigas hablan de pañales ella habla de piedritas higiénicas

Su casa huele a gato y no lo registra.

Su casa está llena de pelos de gato y no lo registra.

Su ropa está llena de pelos de gato y no lo registra.

Se sintió halagada por el tema de esta semana y escribió a “Estereotipos” sobre ella…y su gato.

En su perfil del Messenger ha puesto una foto de ella abrazando a su gatito.

No tiene hijos, ni sobrinos, ni vecinitos, ni es maestra jardinera, ni está de novia con un divorciado con hijos.

Cree que su gato tiene una conexión telepática con ella.

Gasta la mitad de su sueldo en sahumerios y velas aromatizantes del olor a pis que hay en el monoambiente.

Cuando viene la hermana le dice al gato: “Saludá a la tía”.

En año nuevo no sale porque dice que se asusta de los cuetes y se la pasa toda la noche con el gato entre las tetas.

La boluda gastó el aguinaldo en un cerramiento porque tiene miedo que el gato se tire al vacío.

No tiene idea de lo reemplazable que es su gato, por cualquier otro gato.

Supone que al gato le importa que ella sea su dueña.

Cuando sus amigas van a su casa toma en brazos a su gato y lo acuna mientras habla con ellas.

Si su gato muestra desconfianza con una nueva amistad, cree que esa persona tiene mala onda.

Es vegetariana pero su gato come la carne de la carnicería más cara del barrio.

Tiene amigos gay.

Si no lo es, alguna vez fantaseó con el lesbianismo.

Es poeta.

Escucha a Tori Amos.

Colaboraron: Silvia Lupone, Marcelo Oliveri y Fernando Vallone.

Neurótica

El límite

Sin comentarios 03 Septiembre 2010

Por Romina Calderaro

Todos tenemos un pequeño conservador adentro, pero sólo algunos tratamos de combatirlo. Cuando se popularizó Facebook, primero me burlé de mis amigos que ingresaban a ese club, después me hice la indiferente y finalmente no pude evitar subirme a la ola. Después de todo, no ser refractaria a la tecnología es un signo de apertura mental. De modo que ahora tengo mi cuenta, con foto y todo. No la uso mucho, pero en ocasiones me ha sido de utilidad para comunicarme con gente por temas laborales. Y también, por qué no reconocerlo, para husmear en la vida ajena.
Un amigo que por ese entonces militaba en la resistencia cultural a las redes sociales, cuando supo que yo era una más del rebaño, me dijo textualmente: “no puedo creer que juegues a Facebook, ya estás grande”. No supe muy bien cómo ejercer mi defensa, otorgué con mi silencio, ensayé una sonrisa y cambié de tema.
Cosas de la vida, pasamos más de un año sin vernos. Esta semana nos cruzamos por la calle, compartimos un café, intercambiamos novedades y nos despedimos. Yo ya había hecho unos pasos hacia mi destino final cuando escuché que gritaba mi nombre. Pensé que se había olvidado de decirme algo importante, pero sólo tenía que agregar un comentario. “Te busqué en Twitter y no te encontré”, dijo. Retruqué, memoriosa, “no puedo creer que juegues a Twitter, ya estás grande”.
Él sí se supo defender: dijo que su función en ese mundo virtual es la de “espía”. No me interesó saber a quién estaba espiando, ni siquiera le creí. Simplemente comprobé, una vez más, que a veces hace falta dejar que pase el tiempo para saber si la gente termina nadando en el agua que alguna vez supo maldecir.
Una cosa tengo clara: esta vez no voy a intentar luchar contra el enano conservador que llevo dentro. Y el enano dice que ni se me ocurra sacarme un Twitter, que a nadie le interesa tener de mí información del tipo “me salieron duras las milanesas”. Sabemos, aunque nos duela, que la vida no tiene sentido, pero tampoco hay necesidad de estar recordándolo a cada rato en ciento cuarenta caracteres.

Columnistas

De adolescentes y macristas

Sin comentarios 02 Septiembre 2010

Por Tomás Aguerre

El día que asumió Mauricio Macri con un altísimo grado de popularidad, abrí mi DNI, observé mi domicilio legal y proyecté lo que sería mi vida política en ese lugar del interior del país. Acá no ganábamos más: una ciudad
que (contrariamente a lo que cree de sí misma) se sostiene en ciertos valores de conservación, frente a un gobierno que apuntaría a la gestión de “los problemas de la gente” luego de una experiencia progresista que había hecho agua en cada una de sus áreas. El macrismo había llegado para quedarse. Con acostarse sobre la tabla de barrenar y no provocar demasiadas olas, Mauricio Macri hubiese convertido a la Ciudad de Buenos Aires en la unidad básica del PRO. El único problema fue que el macrismo, aún, no había madurado.
¿Alguna vez intentaste discutir con un preadolescente? Es más agotador que discutir con un niño. El niño, al menos, sabe lo que quiere. Puede ser irracional en ese deseo: puede querer un cohete espacial para él solo y su grupito de malandras con los que va al jardín. Pero la discusión se ordena en torno a ese objetivo. Uno puede, frente al niño, argumentar las dificultades de instalar una plataforma de despegues espaciales en su patio. El pre-adolescente, en cambio, discute sin piso, porque no sabe lo que quiere. Da la sensación de que el macrismo tiene, por momentos, catorce años. Todavía no sabe bien si quiere jugar a la pelota dieciséis horas seguidas o darle un beso a la compañera de banco. Le crecen unos pelos y se los afeita mal, no mide las nuevas dimensiones de su cuerpo, intenta tomar cosas y las tira, torpemente, al suelo. El macrismo discute en esos términos. Sin pisos, sin orden. No es casual que Twitter sea un lugar explotado por ellos.
Porque permite ese balbuceo divagante de adolescente. De usar las tangentes como si fueran autopistas.
La derecha no sólo existe. La derecha debe existir. “La derecha”, incluso, debería dejar de ser un insulto, una descripción peyorativa. La derecha es un lugar de la política tan legítimo como cualquier otro. Con banderas diferentes a las que otros defendemos, con proyectos de país distintos. Pero que ayudan, por lo que no son, a construir ese país. Tiene que haber una derecha con la que se pueda dialogar. Una derecha que te incomode, de vez en cuando, corriéndote por izquierda; que sea capaz de reconocer avances y, en ese caso, criticar por lo que falta. Una derecha capaz de entender las formas de construcción política más allá del juego mediático y capacitada en términos de administración pública. Argentina tiene un problema estructural: le falta una burguesía nacional. Es ahí donde juega el Estado, como suplente de esa falta. Quizás con esta derecha pase lo mismo. Tal vez habría que estatizar la derecha, y crear un Ministerio de Derechas Racionales que financie su formación y preparación para la gestión. Porque si una buena derecha no existe, habrá que inventarla.

Corte publicitario

Los Chancles

Sin comentarios 01 Septiembre 2010

Por Marisol De Ambrosio

“Fibertel seguirá brindándote el servicio con total normalidad. Queremos que estés tranquilo: el servicio no dejará de funcionar ni tampoco necesitás cambiar de proovedor. Vamos a realizar todas las acciones legales correspondientes para evitar este grave avasallamiento contra la compañía y contra nuestros clientes, ya que esta medida no cuenta con sustento legal fáctico alguno. Cablevisión accionará para que respeten tu derecho a elegir qué servicio querés tener en tu hogar,” dice el anuncio por televisión.
Ajá, resulta ahora que las empresas que operan sin licencia y se cagan en su órgano regulador apelan a la emocionalidad de los usuarios a lo “Grande Pa”, consolándolnos por el avasallamiento de este gobierno malo malo. Si hablan de respeto por los clientes, que los dejen elegir algo legal… ¿O será que están hasta las manos y apelan a la masa de militantes de Facebook para seguir operando?

Opinión Publicada

Kaos y control

Sin comentarios 31 Agosto 2010

Por Santiago Diehl

La palabra clave es control. “El Gobierno avanza en Papel Prensa para controlar la palabra impresa”, titulaba Clarín el editorial que lúcidamente desnudó la Presidenta en su significado último. Antes, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual era la “Ley K de control de medios”. El que controla, en ambos casos, es el Estado, el Leviatán-cuco de los modelos liberales. En forma explícita, lo pidieron tanto Clarín como La Nación ante el avance de la Ley de Medios: la mejor ley es la ley no escrita. Hace ya muchos años, un maestro del pensamiento nacional, Raúl Scalabrini Ortiz, lo puso claro: “todo lo que no se legisla explícita y taxativamente en favor del más débil, queda implícitamente legislado en favor del más fuerte. No es el poderoso el que necesita el amparo legal. El tiene su propia ley, que es su propia fuerza”.
El poder, aprendimos con Foucault, no es sólo coactivo, es también productivo: produce subjetividad, y de ese modo se naturaliza, se hace invisible, se torna sentido común. El nivel de hegemonía alcanzado por los medios privados en la Argentina es tal que en la discusión sobre la propiedad de Papel Prensa está en cuestión si es o no evidente que una familia que fue calumniada, secuestrada y torturada pudo negociar en condiciones de igualdad con empresarios amigos de una dictadura sanguinaria que practicaba el terror de Estado. El nivel de perversión es muy alto.
Los medios, y en especial la prensa gráfica, son soportes para la construcción de identidades políticas. Todos, en mayor o menor medida. Como la guerra, el periodismo es la prolongación de la política por otros medios. La materia prima con la que opera son los significantes, con los cuales nuestros aparatos cognitivos procesan información. Su trabajo es llenarlos de contenidos para provocar clivajes en la opinión pública. La categoría “inseguridad” es un buen ejemplo, con su sesgo clasista, y hasta racista, que la reduce a los crímenes urbanos provocados por marginales sociales. Lo cierto es que no hay muchos motivos para fundar un medio más que el de influir y aportar a determinados proyectos políticos. Clarín fue un diario que supo tener un sesgo desarrollista, pero que dejó las convicciones en las puertas de las posiciones dominantes de mercado, conquistadas a partir de la posesión del monopolio de la producción de papel de diarios. La codicia trajo el síndrome del nuevo rico, que se codea con la alta suciedad al punto de compartir sus negocios más redituables: el poder de fuego de fijar agenda y los dividendos de la producción primaria vinculada a las finanzas, escenificada en Expoagro. El problema de Clarín es que se transformó en una especie de hijo bobo del peronismo: un diario atrapa-todo, que quiso ser a la vez progresista y conservador. La fórmula y la falta de escrúpulos los llevó a la masividad, que no hay que confundir con lo popular, que es la satisfacción de los intereses materiales y simbólicos de las mayorías; intereses que fueron estafados por el proyecto neoliberal que Clarín abrazó con ganas. Cuando un gobierno usa el Estado para colmar esas demandas insatisfechas, queda claro de qué lado de la raya cada uno se pone. Desnudos sus intereses, expuesta su perversidad, debe ser por eso que sus redactores y sus notas están, cada vez, más descontrolados.

Las reglas del juego

Economía

Las reglas del juego

Sin comentarios 31 Agosto 2010

Por Iván Heyn

Desde hace algunos años, la expansión del servicio de internet por cable viene creciendo explosivamente. La disputa sobre el mercado de las telecomunicaciones es un proceso que se observa en todo el mundo como resultado del avance tecnológico. La provisión de internet requería, hasta hace poco tiempo, de una red de cableado. Es por este motivo que el servicio llega a través de las redes teléfonicas o de televisión por cable. Las tecnologías de provisión son bien conocidas: las empresas de cable lo hacen vía cable modem y las telefónicas vía ADSL. El avance de la tecnología inalámbrica favoreció el desarrollo de nuevas modalidades de servicios que en argentina vienen creciendo fuertemente.
Este tipo de actividades requiere un fuerte nivel de regulación estatal en la medida en que son provistas por empresas visiblemente concentradas. Para poder competir en la provisión del servicio de internet, es necesario realizar un cableado al lugar donde se quiere llegar. Esto implica una inversión fuerte en la etapa de instalación de la red, que se vuelve mucho menor cuando se trata solo de mantener lo ya instalado. Esta situación hace que exista una “barrera a la entrada” de nuevos competidores, y por lo tanto, da un poder absoluto al que controla la red. Es decir que para poder participar en estos mercados deben existir autoridades públicas que fijen las reglas de juego para evitar que este poder de mercado pueda ser utilizado en contra de los consumidores y de los intereses mayoritarios de la sociedad.
Muchos lugares del país que no son rentables ya sea por la cantidad de población o por el perfil socioeconómico de sus habitantes no tendrían acceso a este servicio de no ser por empresas cooperativas que, fuera de la lógica de la rentabilidad, tienen como objetivo garantizar el servicio.
La fuerte relación que existe entre el mercado de las comunicaciones y las empresas periodísticas siempre permitió en este negocio márgenes de acción muy amplios. Este es el caso del Grupo Clarín que es propietario de la empresa Cablevisión, proveedora de TV por cable y de Fibertel proveedora de internet. Hace algún tiempo, los directivos del grupo decidieron fusionar las dos empresas, disolviendo, entonces, Fibertel. Y si bien informaron este movimiento a la Inspección General de Justicia, nunca fueron autorizados por al Comisión Nacional de Comunicaciones para que esta fusión de empresas pudiera seguir prestando el servicio de internet. Esta situación irregular era conocida por la compañía. El Grupo Clarín decidió vender acciones en la Bolsa, lo que supone el deber de presentar información a los inversores sobre los riesgos que tiene la empresa. Allí, ellos mismos reconocieron que no estaban autorizados a proveer el servicio. Esta situación ilegal fue subsanada por el Estado hace algunos días al exigirle a Cablevisión que cese de realizar esta actividad abriendo la posibilidad de pase de todos los usuarios de forma gratuita a otros proveedores.
Desde el Grupo y sus medios de prensa se intentó generar pánico alarmando a los usuarios sobre la posibilidad de quedarse sin el servicio. Pino Solanas completó el cuadro diciendo que se moría. Manto de piedad.
Lo cierto es que la red de cable sigue existiendo y lo único que va a pasar es que otros jugadores que ya participan en el mercado, entre ellos un número muy grande de cooperativas que prestan el servicio en el interior del país, tendrán posibilidad de participar de este mercado. El pataleo tiene más que ver con que los que ayer fueron amos y señores en el negocio de las telecomunicaciones, hoy son sometidos a las mismas reglas de juego que todos los argentinos. ¿Es tan grave? Ni a palos.

Editoriales

Para los libros

Sin comentarios 31 Agosto 2010

Por Santiago Alvarez

El discurso que pronunció la Presidenta Cristina Fernández en la presentación del informe Papel Prensa: La Verdad fue para los libros. Fue tal vez el más importante de su presidencia hasta la fecha porque además de la brillante oratoria con que lo entregó -una de sus virtudes más destacadas- tuvo un voltaje y un contenido político que le dio un tono casi inaugural, fundante de una nueva etapa en nuestra vida democrática. Hubo una vez un presidente yanqui, el General Dwight “Ike” Eisenhower, que sorprendió con un discurso inesperado que es mucho menos conocido que cualquier discurso de Kennedy pero que, probablemente, podría ser leído como una premonición del asesinato del célebre JFK. Cualquiera que haya visto la película de Oliver Stone sobre la investigación que el fiscal Garrison llevó a la Justicia norteamericana por el asesinato de Kennedy lo habrá visto en la introducción. Cualquiera que quiera verlo, lo puede googlear.
En aquel discurso de Eisenhower -el viejo rubio mira a la cámara directamente desde su sillón en el Salón Oval- se advierte sobre la existencia de un nuevo fenómeno en la “experiencia americana”: la Guerra Fría había obligado a invertir grandes cantidades de recursos en la carrera armamentística, y de esa gigantesca transferencia de riquezas surgió un nuevo jugador en la cancha del poder norteamericano: el “complejo industrial-militar”, cuya “influencia total – económica, política, incluso espiritual – se deja sentir en cada ciudad, cada capitolio estatal, cada oficina del gobierno Federal. (…) Nunca debemos permitir que el peso de esta combinación haga peligrar nuestras libertades o procesos democráticos. No debemos dar nada por garantizado. Sólo una ciudadanía alerta e informada puede imponerse al engranaje propio de la enorme maquinaria industrial y militar de defensa con nuestros pacíficos métodos y objetivos, para que la seguridad y la libertad prosperen juntas.” Durísimo.
Eisenhower pronuncia esas palabras en su discurso de despedida, una tradición de los presidentes norteamericanos que consiste en emitir una declaración final, un legado, antes de irse a disfrutar del 82% móvil. Éste en particular tiene una gran significación histórica: un presidente yanqui (supuestamente el hombre más poderoso del mundo) advierte sobre la existencia de un poder que lo supera en alcance y en influencia. La advertencia no penetró, y así están hoy los muchachos, bajo el imperio de los halcones de hierro.
Cristina el otro día hizo prácticamente lo mismo. Tal vez la diferencia más notoria entre este y aquel discurso no sea el idioma en que fue pronunciado sino el momento en el que se pronunció. Uno lo hizo de salida, en el último día de su mandato, y la otra lo pone sobre la mesa a un año y medio de las elecciones presidenciales más importantes y peleadas de los últimos treinta años de democracia. Esa actitud requiere de una valentía y una determinación admirable. Porque denunciar ante todos los argentinos -la cadena nacional midió 29 puntos de rating según Ibope- que las instituciones democráticas son menos poderosas que otras instituciones ocultas, y quedarse para seguir gobernando y enfrentar esa situación requiere de un arrojo sin precedentes.
Mientras tanto, El Poder reacciona con un acta firmada por escribano en la que una víctima se retracta de lo que dijo hace un mes en Tiempo Argentino y hace más de 20 años en la Justicia. Una respuesta pequeña, pobre, que no alcanza ni para bajar a fuego lento la pregunta imparable que se le ha planteado a la sociedad.
Papel Prensa es el disparador de un debate de ideas superior. Porque si bien es el “pecado original” sobre el que se construyó un imperio económico monopólico, lo que Cristina nos planteó a todos -pero en especial a los otros dos poderes del Estado- es una lista de simples preguntas: Muchachos, ¿quién va a gobernar en la Argentina? ¿Nosotros -los políticos electos, los que la gente puede poner y sacar, los que nos sometemos a la voluntad de todos los habitantes del suelo argentino- o “los otros”, ese poder oculto, invisible, que hoy está por primera vez a la vista de todos? ¿Qué vamos a hacer nosotros? Vamos a seguir chupándoles las medias a un gerente para que no nos saque un semáforo rojo en el diario, o nos vamos a plantar? ¿Qué somos nosotros? ¿Para quién trabajamos? ¿Para quién nos exponemos? ¿Dejamos las convicciones en la puerta de la Rosada / Gobernación / Municipalidad / Banca / Judicatura / Función Pública, o nos plantamos?
Y está bien, alguno dirá que no es una idea nueva. Y otros diremos que para muchos sí, que para la mayoría es una idea nueva. A “los otros”, los invisibles, los sufrieron a muerte todos los presidentes democráticos (Alfonsín, Menem, De la Rúa). Y aún los más dóciles, los más entreguistas, cayeron bajo la vara de “los otros”, tarde o temprano.
El resto es verso. El debate iniciado, e inconcluso, desde que terminó la dictadura está recién por saldarse y se organiza en torno a la pregunta por antonomasia: en una democracia, ¿quién gobierna?

El Laburante

Números más, palabras menos

1 Comentario 28 Agosto 2010

Por Matías Castañeda

Marcelo Bonelli es un hombre de pocas palabras, se da más con los números, y se defiende mejor en la gráfica, pero bueno, la vida lo fue llevando por los sinuosos caminos de la masividad y él no le sacó el cuerpo al bulto.
Primero periodista y más tarde economista, Bonelli supo atravesar lo que diríamos el alfonsinismo sumando prestigio, premios y reconocimiento. Quizás no lo vayan a creer pero aún hoy hay quien dice que Bonelli es uno de los periodistas económicos que más sabe del país, uno de los que más entiende por dónde va la mano, que cuando quiere entrevista bien y todo, aunque se haga el sota la mayoría del tiempo.
Probablemente todo cambiara para él cuando allá por los albores de TN le tocó conducir un programa, A dos voces. Primero fue Luis Majul, hasta que encontró ese par maravilloso, su adláter, Gustavo Sylvestre. Tantos momentos le dieron juntos al periodismo argentino, con esas máscaras rarísimas detrás, como escenografía.
Ahí no hubo vuelta atrás, porque ya hacía sus primeros pasos como columnista económico de Telenoche y como firma estrella de Clarín, el diario; de a poco pasaba de ser un tipo respetable a ser directamente una de las caras del Grupo.
Pocos como él trabajan tanto y desde adentro del multimedios porque, por ejemplo, Santo Biasatti te trabaja en una AM rara; Edgardo Alfano en Continental; Sylvestre, en La Red. Pero Bonelli es tan hombre del Grupo que hasta uno ya duda si no es un accionista minoritario.
Como corresponde, tiene un Kónex de Platino, recibido en 1997; un libro, Un país en deuda; y algún hijo.
Conduce, también, Sábado tempranísimo, en radio Mitre, y hasta el año pasado fue columnista en tres programas diarios de esa emisora, que cumplió esta semana 85 años. Claro que no pasa un día en que no se cambie de estudio y te diga algo en TN y al rato lo repita en Telenoche, y vuelva a TN. Te mete una columna bajalínea en el matutino y te sube un video desde la redacción contándote la última artimaña de los Kirchner en materia económica desde la web.
Sigue conduciendo A dos Voces y ya también los amaneceres de Constitución son suyos, empieza bien temprano en Canal 13 junto a Débora Pérez Volpin con su Arriba Argentinos, con la grata compañía de Mauricio Zaldívar, ese que te aconseja el tricot livianito y un sombrero de ala ancha de medio lao.
Si se hace un rato, el finde se va al cilindro de Avellaneda a ver a Racing, eso es lo más cerca que está de algo llamado Juan Domingo Perón.

El Diario

Link al Diario Miradas al Sur
Entrá a Miradas al Sur, diario del suplemento jóven Ni a Palos



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