Por Santiago Diehl y Martín Rodriguez
Nos metimos, más que placenteramente, en las historias de las vedettes, esos cuerpos voluptuosos que el deseo nacional y popular tanto ha celebrado. En ese viaje, encontramos a Fanny – que se reconoce más bien bataclana – y que además de revolear el lomo de lo lindo, se cuelga carteles en apoyo a las Abuelas, Las Madres, Milagros Sala o Cristina ¡en pleno show! Tamaña rareza nac & pop no podía pasar desapercibida para este suplemento, por eso fuimos, vimos, y ahora te lo contamos.
¿Quién no recuerda a Noemí Alan y Adriana Brodsky sonrientes con el “Tigre” Acosta, con las gorras de los marinos? ¿Quién no recuerda las visitas de Alberto Kohan a “A la cama con Moria”? ¿Quién no leyó u oyó alguna vez ese secreto a voces que cada tanto sale a la luz que cuenta la historia de la relación que unió a la actualísima Graciela Alfano con nada más y nada menos que Massera en plena dictadura militar, y que en su última actualización incluyó en el descargo un inverosímil paso de la vedette por la Juventud Peronista?
En el imaginario progresista y del campo popular, Susana Giménez, Moria Casán, las “gatitas de Olmedo y Porcel” por así decirlo, no son vedettes, son “putitas” del poder. Los que crecimos en los años 80, no podemos dejar de lado esa idea que asocia automáticamente belleza y poder pero de un modo muy concreto, en el despacho, de rodillas bajo el escritorio o en el regazo del Jefazo. Como cantaran Los Piojos, entre una cosa y otra es muy difícil gobernar.
Un machismo primordial establece el fondo sobre el que se despliegan esas escenas, aunque no le va en zaga un feminismo mal entendido, aquel de la mujer masculinizada, renegada de la voluptuosidad o la sensualidad del cuerpo femenino.
Kirchnerismo, mujeres, belleza y poder
Dos hechos parecen insinuar un cambio en la forma en que procesamos la relación entre mujeres bellas y poder en los años del kirchnerismo. Por un lado, elemental, tenemos una presidenta linda. Una morocha argentina cuya foto de juventud es comentario obligado de la nueva generación de militantes. Una presidenta que ejerce el poder irradiando femeneidad, y no tras una masculina coraza de hierro alla Margaret Thatcher o bajo un inocente trajecito sastre alla Michelle Bachelet, anche también Evita. Lo puso en el título de un muy buen artículo el psicoanalista Juan Carlos Volnovich, La presidenta sexy. Esa sensación de incomodidad que sienten los hombres, y sobre todo las mujeres, cuando Cristina pronuncia un discurso encuentra una más que verosímil explicación en que “mujer sexy en el máximo poder de la Nación es un problema en la estructura patriarcal, resentida en sus cimientos cuando una mujer, no madre, no puta, no macho, nada tonta, se ubica en la punta de una pirámide jerárquica”. Si lo dice un psicoanalista, debe tener que ver con el falo ¿será por eso que el índice levantado molesta tanto?
Pero hubo una primera escena en los años del kirchnerismo que inauguró quizá una nueva forma de mezclar los lenguajes de la sensualidad y el poder. En el marco de la IV Cumbre Unión Europea-América Latina y el Caribe, celebrada en 2006 en Viena, una chica hermosa quedó prácticamente desnuda, frente a un auditorio de presidentes de medio mundo, pidiendo el cierre de la planta de Botnia. Ella quería impresionar a Tabaré Vázquez, el entonces presidente uruguayo. E impresionó a todos. Ahí están las imágenes, las sonrisas de sorpresa de algunos, de nervios de otros, los ojitos que le hacía Chávez. Evangelina Carrozzo, Reina del Carnaval de Gualeguaychú de ese año y activista de Greenpeace, había logrado ingresar a esa reunión tras obtener una credencial de periodista. A la hora de la tradicional foto grupal, frente a ese auditorio civilizado y prestigioso, mostrando un cuerpo increíble, alzó una pancarta en rechazo de la radicación de las pasteras. El mundo entero vio esa bikini, ese cuerpo lustrado de aceite, esas escasas plumas y lentejuelas. Una extraña vocera en un lugar de alta política, que supo transmitir el mensaje.
Repolitizar la cultura
Así como las desbordantes curvas femeninas irrumpieron el código protocolar y atrajeron todas las miradas presidenciales y periodísticas, del mismo modo hay una mujer que, vestida de porrista albiceleste, con camiseta de la selección con el 10 en el pecho y gambas al aire, subvierte una presentación de tinte erótico en un boliche con un cartel de Nobel a las Abuelas. ¿Qué es esta maravilla, nos preguntamos? Arma secreta en la batalla cultural, al mundo de las vedettes parece haberle llegado algo que era impensado. En su facebook puede leerse, entre fotos con plumas y pinturas: “Viva Milagro Sala, Cristina y Néstor K y las Madres de Plaza de Mayo”. Esta heroína de la barra militante se llama Fanny Bianco, y es un ángel con un histrionismo y una gracia capaces de desarmar una estructura de hormigón con una sola mueca. Sus gestos de pizpireta, su fotogenia, la hacen el sueño de todo fotógrafo. Fanny, que también supo ser la reina de Las Boquitas, tiene poco que envidiarle a la Paula de la canción de Joaquín Sabina en cantidad de suspiros arrancados a la doce. Fuimos a verla, en Volver a la vida, una obra de Walter Soares que retoma la eterna tradición del café concert y donde Fanny actúa, baila y saluda cómplice con los dedos en V. Ella sola y su fuerza, aún para la minoría que la empieza a disfrutar, rompe con varios estereotipos en torno a la figura de la vedette: las trolas de los milicos del Proceso, las que salen con políticos o empresarios poderosos, los gatos carísimos que ilustran los books de los mejores hoteles argentinos. Fanny confirma que se puede ser linda, inteligente y, en medio del aparentemente derechoso mundo de las vedettes, tener una actitud militante.
Vedette o Bataclana
El cartel con el Nobel para las Abuelas es una de sus intervenciones en el club Aráoz, de Palermo, donde realiza un acto: mientras suena el himno y hace alguna gracia, siempre que puede meter algo, no lo duda. Hace poco salió con un cartel que decía Extraño el Bicentenario; otro día, con uno a favor de la ley contra el maltrato animal. Según ella, los que no tienen idea de nada se miran y se preguntan: “¿qué es esto?”. A veces -nos dice- hasta se pelea con la gente. Entrevistada por Ni a Palos, todavía con lentejuelas en los ojos, empieza por hacernos un rastreo de su árbol genealógico-político. Una típica parentela argentina: “mi padre era radical, y mi abuela paterna odiaba a Eva. En cambio, mi abuela materna la amaba porque recibieron muchas cosas de parte de ella, en la provincia de Buenos Aires. En gente de esa edad, no hay una historia en la que no hayan tenido contacto con Evita. Yo siento que algo de ese legado me llega por el lado de mi abuela materna: preponderó su amor”. De su vocación, nos enteramos que cuando era chiquita se dio cuenta que lo suyo era hacer cosas para la gente, “porque cada vez que bailaba o hacía alguna morisqueta llamaba la atención”. El karma de la gente linda: “tenía manejo de la gente al pararme en algún lado y llamar la atención. Y eso te hace vanidosa. Porque cuando trabajás con el cuerpo te das cuenta que lo tuyo es hacer algo para el público, y ahí tenés el alimento para la vanidad con la que vivís… sin llegar a ser narcisista, claro”.
Fanny dice que, a diferencia de otras colegas suyas, como Nacha Guevara –de quien es compañera de milonga-, no aspira a tener otro tipo de participación política más allá de estas cosas que hace. Sabe que no es una vedette común, que rompe un poco el molde: “yo no sé qué es ser vedette. ¿Una vedette sale en bolas? ¿Hace el sketch con el capo cómico? Me molesta la vedette que se cree legitimada por la aceptación del público y con derecho a decir cualquier cosa; por ejemplo con el tema de la inseguridad han salido a decir cualquier cosa”. Pero no se queda ahí, nuestra Fanny, y sale decidida al ring. Recuerda el momento exacto en que la cabeza le “hizo click”. Fue hace quince años: “mi hija estaba mirando a Tinelli por televisión, y me di cuenta de que no tenía que estar mirando eso. Pero no es que lo que pensé, más bien lo sentí. Y recién cuando empezaron a aparecer otros discursos, en la televisión pública, en Encuentro, en 678, con la ley de medios, me di cuenta que había gente que estaba diciendo lo que yo pensaba”. De tan diferente, y aunque pele plumas y lentejuelas sin ningún temor, no parece una vedette De hecho, nos dijo, “me identifico más como bataclana que como vedette; la bataclana tiene más desparpajo, me da más milonguera”. Los Auténticos Decadentes, seguro, le cantarían que es una estrella en la noche de la mediocridad.
Clases de vedette
Interesados por los caminos por los cuales una chica, y por norma una chica joven, se hace vedette, nos llegó la historia de Marina, que un día llamó al instituto de Reina Reech para tomar clases de Danza Jazz y, como no había cupos, cuando la secretaria le ofreció un lugar en la clase de vedette, se le abrió la puerta para ir a jugar. “Siempre fui –nos contó- muy pudorosa con mi cuerpo, y la danza había sido una forma de ganar en confianza y sentirme bien conmigo misma. Por eso, me pareció que iba a ser muy divertido”. Se abría la posibilidad, para una chica de clase media, sumergida en la tradición judeo-cristiana, de liberar las fantasías y a sacar a pasear a la loca que, dicen, toda mujer lleva dentro. Otros motivos, más terrenales, también sumaron lo suyo: “es muy completo, pagás una sola cuota e incluye una variedad enorme de cosas; sino, no tenés forma de hacer todo eso”. Aunque aclara que nunca creyó que su proyecto fuera ser vedette, apostó a una experiencia en la que iba a aprender mucho, al punto que terminó haciendo la muestra de fin de año en el Maipo. “Pero sin conchero”, aclara, y nosotros entendemos que el uso de tan delicado adminículo es en el mundo vedette el equivalente simbólico de lo que era ponerse los largos para nuestros viejos o debutar en Obras con tu banda de rock. En su primera clase, cuando hicieron la rueda de presentación y les preguntaron por qué estaban ahí, “casi todas querían salir en la tapa de la Paparazzi; había alguna con la mamá que la esperaba en la puerta; estaba el “toga”; la chica recién operada; dos o tres travestis y nosotras que íbamos más con esta idea de hobby; también había varones que tenían que mantenernos en los trucos, que tenían el trabajo soñado porque eran heterosexuales y se la pasaban, como en la publicidad, levantando culos y tetas”. Los contenidos que le ofrecía la “academia” incluían, además de Escalera 1 (sic), Trucos, Tango y Danza Jazz. “El ambiente es un poco chanta –reconoce Marina-; por ejemplo, para la clase de escalera nos pusieron en fila, nos dijeron que bajáramos mirando un punto fijo y tratáramos de no matarnos. ¡No existe!”.
Más allá de lo anecdótico del mundillo, la experiencia de Marina muestra algo más. Habiéndose permitido tanta libertad para mostrar el cuerpo y atraer el deseo, nos contó que, “una vez a un colega de trabajo le llegó el rumor de que había una compañera de laburo del ministerio, una tal Marina, que era vedette. Y cuando me preguntó le dije que yo no era. Por suerte había otra Marina y las sospechas recayeron sobre ella”. ¿Culpa? ¿Vergüenza? En ciertos ámbitos, parece, las plumas tienen mala prensa.
Cae el telón
Aunque las vedettes pululan por doquier y pueblan el aire con culos, tetas y frases fascistoides, y aunque blondas se entreguen sin reservas morales a operaciones de prensa por un puñado de morlacos, Ni a Palos encontró una bocanada de aire en el mundillo de las vedettes. No son sólo la ya consagrada Nacha o la convencida Florencia Peña; tenemos la agradable sorpresa de una Fanny Bianco, a quien el sayo de bataclana le sienta definitivamente mejor. De todos modos, para las mujeres, sobre todo para aquellas que se animan al mundo de la militancia desde lugares de mucha exposición a la mirada de los otros, sigue siendo un estrecho sendero el desfiladero entre la pared de roca de la feminidad y el salto al vacío del poder.
Fanny Bianco actúa, junto con el grupo Kabala, en la obra escrita y protagonizada por Walter Soares, Volver a la Vida. Podés verlos hasta octubre, todos los sábados a las 23 hs., en el Moliere(Teatro Concert), Balcarce 682








