Neurótica

Volver

0 Comentarios 03 Febrero 2010

Durante mi última mañana en México traté de retener en ese misterioso sitio, que la memoria reserva para los olores felices, el aroma del lugar donde descansé. Operación inútil si las hay, porque la única manera precisa de evocar un aroma agradable es, lamentablemente, volver a experimentarlo. Y como yo no tengo la certeza de volver a pisar esa playa —¿alguien puede tener en esta vida alguna certeza?— creo que en realidad inhalé profundamente para disfrutar de esa sensación por última vez.
La Real Academia Española define “vacación” como descanso temporal de una actividad habitual y la melancolía del regreso reside justamente en el adjetivo que acompaña a la palabra descanso: tarde o temprano hay que volver a trabajar y encarar las actividades habituales. Aunque uno ame su trabajo, sus afectos y su lugar de residencia, lo cierto es que la vuelta de un viaje nos obliga siempre a mirarnos a los ojos con la palabra despedida.
No podemos elegir el momento exacto en el que nos deprime el regreso. Puede ser un día antes, una semana después o para los negadores extremos, nunca. En lo personal, me bajoneo cuando traspaso la puerta de mi casa y empiezo a ocuparme de desarmar las valijas. La tristeza me dura aproximadamente dos horas, pasadas las cuales logro volver a conectarme con la vida real, que sí elegí. Y las últimas vacaciones cambian de lugar en la memoria: pasan a ocupar el cajón “gratos recuerdos”, pero no interfieren con el presente.
Después de todo, sé perfectamente que no podría estar lejos de mis amigos, que no viviría fuera de la Ciudad de Buenos Aires, que no podría estar lejos de mi familia y puedo dar fe de que un mes sin obligaciones ni rutina podría llegar a convertir mi neurosis en una patología más severa.
Y sin embargo… que tire la primera piedra el ser humano al que no le resulte difícil el impacto de volver. Yo, por lo menos, nunca conseguí ahorrármelo. Un amigo que no soporta que me queje de estas cosas me sugirió que la solución al problema del regreso es no volver a irme de vacaciones. Yo le retruqué que la mejor receta para mitigar el golpe es ir por más y me puse a organizar mentalmente las próximas. A fin de cuentas, es mucho más barato viajar con la imaginación que subirse a un avión. La fantasía tiene varias ventajas respecto de la realidad: nos sale gratis, no tenemos que regresar y jamás nos toca mal tiempo.

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