Un laburante hace, se mueve, genera, también piensa, pero por definición es un hombre o una mujer de acción. Si hay una rama del arte que no pareciera estar programada para la irrupción de lo motor, esa sería la del escritor. Puede que exista aquí un prejuicio; a ese dale una pala que se asusta, como le gusta decir a algunos padres, o andá a cargar bolsas al puerto, como le gusta decir más a las madres.
Se supone que un intelectual trabaja leyendo, pensando, escribiendo, pero sería más bien un estereotipo del sedentario. Por ello vamos a premiar al más obrero de los trabajadores de la palabra, el que usa la pluma (y el martillo), César Aira.
Nacido en los bonarenses pagos de Coronel Pringles, y vecino de Flores, por adopción, el literato argentino es una máquina de escribir y de publicar. La contracara del mexicano Juan Rulfo que escribió dos novelitas perfectas y se fugó del mundo, Aira entrega a distintas editoriales más de dos libros al año, que son editados en su totalidad.
Su estilo está motivado por el hacer, por la producción. Comparte lógica con la mirada conservadora de la reconciliación nacional: olvidar, pensar sólo en el futuro, amnistía. La única salida está adelante. Su premisa es escribir, no releerse mucho, no corregirse demasiado, no empantanarse en la solución final. No duda. Empieza, termina, publica, y empieza de vuelta: círculo virtuoso, cíclico.
Desde su primera publicación, Moreira, en 1975, a los 26 años, hasta su reciente La Confesión, del año pasado, Aira publicó cerca de 60 obras. Es decir casi dos por año tomando su carrera como un período de 34. Y no sólo impulsado por una imaginación sobrenatural, también escribe ensayos, por ejemplo, sobre la poetisa Alejandra Pizarnik o el excéntrico y multifacético Copi, lo que revelaría una obviedad, que no sólo escribe, que también lee.
Esto nos lleva a una conclusión: salvo que tenga dobles o seis manos, el tipo no hace otra cosa que leer y escribir. No compra ropa, no va al súper, no se engancha con una serie, no sigue las noticias ni se entretiene con una mascota. Es su trabajo, convengamos, sí, pero escribe mucho, en cantidad, y bueno, según los que los leyeron.
Tengo que reconocer que no leí mucho a Aira, porque como me pasa como muchos clásicos, me abruma lo tanto que no sé, soy ansioso, y quiero leerlo todo junto, y como sé que me llevaría años de vida, me anula. Encima semejante legado todavía aumentará, eso sí, nunca corregir.
Se supone que un intelectual trabaja leyendo, pensando, escribiendo, pero sería más bien un estereotipo del sedentario. Por ello vamos a premiar al más obrero de los trabajadores de la palabra, el que usa la pluma (y el martillo), César Aira.
Nacido en los bonarenses pagos de Coronel Pringles, y vecino de Flores, por adopción, el literato argentino es una máquina de escribir y de publicar. La contracara del mexicano Juan Rulfo que escribió dos novelitas perfectas y se fugó del mundo, Aira entrega a distintas editoriales más de dos libros al año, que son editados en su totalidad.
Su estilo está motivado por el hacer, por la producción. Comparte lógica con la mirada conservadora de la reconciliación nacional: olvidar, pensar sólo en el futuro, amnistía. La única salida está adelante. Su premisa es escribir, no releerse mucho, no corregirse demasiado, no empantanarse en la solución final. No duda. Empieza, termina, publica, y empieza de vuelta: círculo virtuoso, cíclico.
Desde su primera publicación, Moreira, en 1975, a los 26 años, hasta su reciente La Confesión, del año pasado, Aira publicó cerca de 60 obras. Es decir casi dos por año tomando su carrera como un período de 34. Y no sólo impulsado por una imaginación sobrenatural, también escribe ensayos, por ejemplo, sobre la poetisa Alejandra Pizarnik o el excéntrico y multifacético Copi, lo que revelaría una obviedad, que no sólo escribe, que también lee.
Esto nos lleva a una conclusión: salvo que tenga dobles o seis manos, el tipo no hace otra cosa que leer y escribir. No compra ropa, no va al súper, no se engancha con una serie, no sigue las noticias ni se entretiene con una mascota. Es su trabajo, convengamos, sí, pero escribe mucho, en cantidad, y bueno, según los que los leyeron.
Tengo que reconocer que no leí mucho a Aira, porque como me pasa como muchos clásicos, me abruma lo tanto que no sé, soy ansioso, y quiero leerlo todo junto, y como sé que me llevaría años de vida, me anula. Encima semejante legado todavía aumentará, eso sí, nunca corregir.








