Para qué sirve facebook (Julia)
Ese verano estaba dispuesta, más que eso, decidida, a perder mi virginidad. Ya tenía 19 años y no por convicción sino más bien por mala suerte aún arrastraba -como una pesada carga- mi pureza sexual. Me fui con dos amigas a pasar todo enero a Ecuador. Si bien tenía claro mi objetivo, no tenía por qué apurarme, había tiempo de sobra para lograr mi cometido. En la tercera semana caímos en una playa virgen (como yo) y remota llamada Mompiche. Un paraíso increíble de arenas blancas y palmeras tupidas que ese verano era meca de surfers de todo el planeta por la forma de sus olas. Además, éramos las únicas mujeres del lugar. Jamás nos habíamos sentido, ni nos volveríamos a sentir, tan codiciadas. La sensación de poder era absoluta. Comíamos gratis, bebíamos gratis, algo tan mágico había sucedido en Mompiche que incluso ya no tenía celulitis. Había, claro, uno que yo prefería entre todos. Pero el tipo tenía 39 años y me daba un poco de pudor. Era un vasco que se había instalado en la playita hacía algunos años y regenteaba un hostal. Se llamaba Álvaro Urkiza y la verdad -ahora que me empiezo a acordar de la historia- me había vuelto loca de amor. Pero claro, entre que yo era un boluda virgen y el tipo era 20 años mayor que yo, no me animaba a acercarme demasiado. La última noche me embriagué lo suficiente como para juntar valor. Nos besamos apasionadamente bajo la luz de la luna y me llevó a su bulín, una casita de madera sobre un torrecita que miraba al mar. Yo estaba muerta de miedo pero no había escenario más perfecto para cumplir mi cometido. Estaba feliz de dejar atrás la maldita virginidad. Marchaba segura hacia una vida normal llena de promiscuidad. Pero, llegado el momento de la verdad, tuve que salir corriendo. ¡Eso no iba a entrar jamás!
Ya pasaron varios años y algunas experiencias desde esa noche desastrosa en la que no perdí mi virginidad. Qué no daría por volver a cruzarme a ese vasco tan bien provisto por el Señor… (Lo voy a buscar en Facebook.)
La gruta del amor (Gianni)
Contrariamente a lo que la efervescencia hormonal suele promover, mis veranos fueron mayormente momentos de pérdidas sentimentales. Debo reconocer que muchas veces por mi propia responsabilidad, bajo la influencia estimulante de mi imaginación, que soñaba mucho más divertido un amorío fugaz junto a las olas que cualquier incipiente (o no tanto) relación con alguna señorita del staff porteño.
Generalmente el comportamiento borrachil gregario de la tropa masculina por la peatonal de Gesell o similar, terminaba en un gran derrotero de momentos divertidos, quilombos y hasta alguna trifulca, pero pocas veces derivaba en la situación romántica que uno soñaba previamente. Si a ese escenario sumamos las amanecidas vespertinas y los ineludibles desafíos deportivos en la playa hasta que la falta de luz lo impidiera, es fácil entender por qué en realidad era casi inevitable el fracaso amoroso, más allá de algún breve intercambio de fluidos en un boliche o en la playa. Ni que hablar de lo poco acogedora que puede resultar una cita en una casa de dos habitaciones en la que se apilan 300 monos a dormir y utilizar el único pestilente baño disponible.
Pero si de anécdotas se trata la más triste resultó cuando la que entonces era mi novia se fue a laburar como promotora durante la temporada a Las Grutas. Enamorado como pocas veces, y extrañándola demasiado tras un mes de distancia, decidí caer de sorpresa a visitarla. ¡Gran error! Luego de viajar cerca de 15 horas sin dormir, pensando en la alegría que le daría verme al abrir la puerta, la realidad me dio un sopapo al intentar abrazarla y recibir como reacción un seco: “¿Qué hacés acá…?” Poco tardé en darme cuenta que estaba con otro chabón, y para colmar mi denigración, el tipo era 20 años más grande (que ella y que yo).
Lo más triste de la historia fue que, luego de derramar unos cuantos litros de lágrimas y de asumir que no tenía nada que hacer allí, fui a sacar pasaje de vuelta y no había nada por tres días. No tuve otra opción que deambular por campings, playas y piringundines hasta poder regresar (a dedo) dos día más tarde.
Como verán, mi experiencia de romance vacacional más divertida es el amor veraniego de una mina que me hizo mierda. Sin embargo no dejo de agradecer todos los años a la generosidad del calor estival que nos permite saciar el deseo de ver chicas lindas con poca ropa sin otro requerimiento que ponerse la malla, agarrar la heladerita y sentarse junto a la orilla del mar.
La Rubia y la Revolución (Lucas)
Tenía 16 años y me invitaron a un campamento de secundarios en las sierras de Calamuchita, Córdoba. Una vez ahí, nos dividieron en grupos y nos asignaron tareas. La cosa ya pintaba mal pero cuando me ordenaron que mi grupo tenía asignada la limpieza en la cocina directamente quería rajarme de ahí. Y vaya sorpresa: los dirigentes del PCR (no, yo no sabía que iba a un campamento del Partido Comunista Revolucionario) me informaron que no podía irme. En el primer día teníamos que discutir la mejor estrategia para la inmediata revolución nacional que –yo tampoco sabía esto- estaba en marcha.
Nos sentaban en rondas y nos decían que había que llevar a las movilizaciones una bolsa con gatos para despistar a los perros policías, balines para que resbalen los caballos, pañuelos con limón para los gases lacrimógenos. La rubia rosarina y voluptuosa que estaba sentada cerca mío estaba más ingratamente sorprendida que yo, así que nos rajamos de la clase maoísta y nos hicimos amigos.
Obviamente, cuando sobre un río –en Córdoba le dicen río hasta a una canilla que pierde- la rubia se sacó la remera, me enamoré perdida y boludamente. Entonces, un muchacho más grande con un brazalete nos gritó que debíamos volver al grupo de discusión. Fea la actitud. Volvimos los tres (yo y sus dos tetas) a lavar platos en la cocina. Juré venganza. Luego armamos las carpas. Otra novedad: las chicas de un lado, los chicos del otro. Y el grupo de vigilancia que debía observar que nadie se cruzara de bando. En consecuencia, pedí que me asignen al grupo de custodia. A la noche me acerqué a la carpa de la rubia con mi brazalete de buen oficial insurreccional. Ella estaba gustosa de verme. Charlamos en susurros. Y nos escabullimos entre unos arbustos. Le di un beso. Pero un botón mal nacido alertó que alguien faltaba en su carpa. Me mandaron a lavar los platos de nuevo. Con ella nunca pasamos de los besos (tenía 15) y después de algunos días, juramos volvernos a ver y todo eso.
No nos volvimos a ver. Tampoco hubo ninguna revolución. Después aprendí que un amor de verano para que sea hermoso debe terminar. Quedarse en promesa. Como la revolución.
Historia real y muy loser (Diego)
Año tras año iba a la casa que teníamos en Mar de Ajó hasta que la vendimos. A los catorce me salieron pelos en las partes más blancas y mi máxima aspiración veraniega dejó de ser salir a patear sapos a la noche o hacer pozos en la arena.
Entonces me enamoré de la pechugona de malla rosa, que siempre andaba con aparatos y una pollera de jean. Era muy blanca y a pesar de que me encantaba espiarla tomando sol, nunca se bronceaba. En ese entonces yo seguía igual de enclenque que ahora, la única arma de seducción masiva que tenía a mano era mi creatividad, aposté a ella y puse en marcha un plan magnífico. Escribí en un papel: “Soy Zacarías Flores de la Plaza y tiro esta botella al Río de Quilmes con la esperanza de que caiga en las manos de mi futuro amor, adjunto mi Msn…”, enrollé el papelito y lo metí en una botella chica de vidrio. Caminé disimuladamente cerca de la chica de malla rosa y dejé la botellita clavada en la costa. La idea era que ella al salir del mar se topara con el mensaje, se emocionara con la idea de que eso había navegado desde Quilmes hasta Mar de Ajó y la curiosidad la obligara a agregarme al Messenger. En el primer intento la botella fue encontrada por una nena chiquita que se la llevó a los padres y estos la volvieron a dejar en donde estaba. Yo espiaba desde los médanos. En el segundo intento la agarró un hombre gordo que puteó por haberla pisado. Hubo que hacer una nueva. La tercera fue la vencida, la encontró mi chica, abrió el pico, desenrolló el mensaje y después de leerlo se puso la mano en el pecho. Me fui contento.
Desde ese momento fui al cyber esperando que se conecte. Pero pasaba el tiempo y no me agregaba. Me creció la barba, cambié el Msn y perdí toda esperanza.
Pero un día, unos meses atrás, me apareció una nueva solicitud de amistad en el Facebook. Me resultó familiar y la acepté.
-Hola, ¿Vos sos Zacarías Flores de la Plaza, el que hace unos años tiró una botella al Río de Quilmes? -me dijo por el chat.
No podía creerlo. Apresurado entré a su perfil para ver sus fotos y… desilusión total. Lo único que mantenía de aquel verano eran los aparatos. Estaba teñida de rubio y exhibía fotos abrazada a botellas de Frizeé, pero quizás lo peor fue ver los grupos a los que se había unido: “Un millón de firmas contra el clan K”, y “El que se fue a la villa, perdió su silla, su billetera y la virginidad”.
-No, te equivocás -le contesté desolado-. Soy de Morón y nunca fui a Quilmes a tirar botellas.
Dos veranos (Federico)
En el verano de 1996 viajamos con quien era mi novia y un grupo de amigos al sur de Chile. Con el correr de los días empecé a darme cuenta que imperceptiblemente se había empezado a generar una onda infernal con una de las chicas del viaje (que no era precisamente mi novia). Más al sur nos íbamos, más subía la temperatura. Las miradas y las palabras de esas noches montañosas difícilmente sean olvidadas. Pero yo estaba en pareja, y ella también, de modo que todo quedó allí, picando.
Un año después, en el verano del 97, el círculo iba cerrarse. Una llamada de ella pidiendo un inverosímil documento de la Facultad, un sobreactuado interés, una visita a su casa a cumplir con el pedido y una invitación a ver a Pappo (Dios lo tenga en su santa gloria), que tocaba en un recital gratis en una plaza porteña.
La noche se puso fresca, y entonces vinieron los abrazos para socorrer a la damita tiritante. El resto fue del Carpo, de los besos y las estrellas.
Cuando nos íbamos entré en un quiosco a comprar algo, en la tele informaban que San Lorenzo le había ganado a Boca en Mar del Plata, con gol del Pampa Biaggio. Definitivamente, esa noche, los astros estaban conmigo.
Hoy, 13 años de intenso amor después, puedo decir tres cosas: que no todos los amores de verano son efímeros, que Pappo toca cada día mejor, y que ser cuervo trae buena suerte.
Gesell que me hiciste mal (Martín)
Empezar una historia en diciembre es como ‘almorzarse la cena’. Lo ideal es llegar libre a enero, dispuesto a todo. Pero así fue que, apurado por cerrar bien el mal año de mis 18, empecé una historia de mierda que, como todas las bien mierdas, empiezan bárbaro. Ella, un año menor que yo, no tenía tan clara la consistencia de eso que prometía ser Una Gran Historia. Recién terminaba su secundaria y las secuelas de pequeñas historias en su corazón hacían el ruido del ácido de los caramelos Fizz. Pero yo estaba tan en mí mismo, que no oía nada, nada de nada que cortara mi propia imagen. Enero en Villa Gesell fue la consigna… Y cometí una primera infracción: pasar una quincena en la que ella iba con sus amigos. El resultado fue, obviamente, bastante cercano a lo patético: llegar solo y con el corazón tan adelante que lo único que me importaba era ir directo a la playa en la que me había dicho que iba a estar, con el bolso en el hombro después de más de cinco horas de Costera Criolla. Que la primera imagen sea la de ella llevando la tabla de surf de uno de los cuatro nabos musculosos que salen del agua es un dolor que no se le desea a nadie. Verlo tiene el efecto del algodón con alcohol en el brazo antes de la vacuna cuando sos chico. ¿Pero cómo?, dice el perdedor, mientras ve que se derrite bajo el sol su ilusión de correr gaviotas al atardecer, hacer sapito con caracoles y demás estupideces. La seña fría de ella al verme, con la mano, como si dijera: vení, sumate a la ronda de cerveza de las 3 de la tarde, como si uno fuera el primo del interior, un gordito sin onda al que los padres le rogaron que contenga y que lo “lleve a los boliches”, lo dijo todo. Fue parte de un lenguaje de señas que codifican y ahorran palabras. Con esa mano me dijo: vení, pelotudo, sumate y arruiná esto. Era como si un vendedor de helados se cruzara con la cámara en la filmación de un video de los Chili Peppers. Claro, uno espera que ella corra hasta uno, y lo abrace. En ese momento hacés la cuenta: tengo la malla que me compró mi vieja en Carrefour. La verdad… ahí empieza el derrotero de terminar todas las noches solo tomando Bolskaya en la playa, con Ten de Pearl Jam en el walkman, y tratando de recomponer algo de la honra, mientras ella continúa en Gesell lo que empezó en el viaje de egresados a Bariloche. Mal signo: conocer a una chica que acaba de terminar el secundario, y acompañarla en su primer verano en libertad creyendo que ‘el amor es más fuerte’. Se llega a odiar la playa, el mar, la arena, la música, la juventud. Y se llega a amar el lomito con queso en Carlitos a las 11 de la mañana con el diario en la mesa (la semilla de una futura ‘panza para siempre’). Haber encontrado a la mujer de mi vida casi diez años después justifica todos los días mortificados en que uno creyó estar marcado como las reses: colgar de un gancho, dejar para otros el placer de la carne, servirse en bandeja.








