Para jugar al barrilete, hay que saber que el momento de gloria está en remontarlo. Cuánto dura allá arriba es un bolazo o, como dicen los abogados, inoperante. Puede o no durar allá arriba, adonde uno aspira a llegar cuando sea grande. Pero lo decide el viento. Lo decide la lluvia, y el sol, los pájaros que -con suerte- los esquivan, la indumentaria y accesorios del barrilete, los materiales, los ingenieros de diseño y los gerentes comerciales. O la suerte.
Remontar el barrilete es la gracia, la puesta en escena de algo intangible: el espíritu de cacería que nos puede, como instito animal, por encima de la cultura y las formas. La satisfacción del aquí y el ahora.
Freud se ocupó de estas cosas. Convengamos: las ninguneó.
Con esa mersa del subconciente, nos quiso salvar de la culpa y el desencanto y, de haber triunfado, no existirían los abogados.
Quizás, pero sólo quizás, no hay subconciente. Y el espíritu de cacería, de remontar barriletes, de disfrutarlo allá arriba contra el viento (para aburrirse al rato) se deba a ese instinto animal de lograrlo, de vencer, de superar, copular y destruir. Quizás.
No sea el momento de después, siquiera el inapresable presente, ni el futuro, experimentadamente improbable, sino la dulce, estúpida y tierna sensación de impotencia. Nada podemos hacer con el tiempo. Ni contra el tiempo. Ni para el tiempo.
Los gimnasios, las cremas de tocador, la poesía, las liposucción, las borracheras, el carnét de socio en el club social, un buen novio presentable, todo eso, quizás, en el fondo sea inútil. Y la batalla contra el tiempo -el rechazo de la muerte- sea en vano. Quizás.
El empleado del Registro Civil que anoche encontró a su mujer garchando con el cartero puede sacar su 38 y gatillar: pero, si le tira, mañana pierde el presentismo. Y la tarjeta vence pasado mañana. Así que muerde los dientes, casa a dos a las siete, a dos a las ocho, a dos a las nueve, hasta que la muerte los separe y el tiempo los demuela de pequeñeces y tristezas.
Graba las caras para ganar apuestas con el de la limpieza, y el sereno y el chofer: cuánto van a tardar en divorciarse.
Los mandatos sociales son maravillosamente recluídos en una rutina que nos recuerda cuánto sufrimos.








