Notas
Ser progres hoy
17 Diciembre 2009
El progresismo tiene una paradoja, todos inscriben a muchos en el campo de los ‘progres’ pero hay pocos, muy pocos, que se identifican con el término.” Y sí, esta frase da cuenta de una verdad: decirle “progre” a alguien es peyorativo, es una forma delicada de insultarlo políticamente. ¿Usted señalaría, querido lector, que Antonio Cafiero, Torcuato Di Tella, Miguel Bonasso o Federico Storani son progres?
Progresistas somos todos, diría alguno parafraseando al General. Hagamos una prueba: ¿qué cosas se cargan en esa palabra? Emulando la sección de “estereotipos” de este suplemento sería fácil enumerar prejuicios: un progresista tiene una calcomanía en defensa de la educación pública, un progresista marchó muchos jueves con las Madres, un progresista es (o fue) devoto de la “nueva trova cubana”, un progresista ama el cine de Favio y las imágenes cada vez más en blanco y negro del peronismo histórico, un progresista tiene mucama, pero la trata bien, un progresista, en el fondo, estará siempre sospechado de “gorila”. Pero seamos buenos: más allá de la descripción de consumos culturales, ¿de qué hablamos cuando hablamos de progres?
De eso trata esta nota: de la palabra Progres, motivada por la reciente aparición de un libro que dará que hablar, donde se recopilan entrevistas con figuras decisivas de la política argentina de los últimos años, y cuyo eje es “un acercamiento a la experiencia de centroizquierda argentina”.
El Centro de Estudios e Investigación Humahuaca es quien está detrás de este proyecto. Entrevistamos a dos de sus integrantes, Emiliano Bisaro e Ignacio Saavedra. Ellos mismos aclaran de movida: la edición del libro no tiene motivaciones académicas. Y si no, que lo explique Emiliano: “La propuesta del libro surge por una necesidad militante de comprender las razones por las que el macrismo había accedido al Gobierno de la Ciudad. El libro pretende ser un aporte al debate de las fuerzas democráticas y populares acerca de una de las tradiciones políticas más importantes en la Ciudad de Buenos Aires: el progresismo.” Y sí, es notable, pero la pregunta acerca de por qué se pierde la Ciudad, es una pregunta progresista. “El punto del que partimos es la convicción de que es necesario ser muy crítico con el progresismo, de forma tal de poder recuperarlo junto a otras identidades para transformar efectivamente la Ciudad.” Su convicción parece en sí misma la resignificación de progresismo, esa palabra que dice tanto y a la vez tan poco.
Humahuaca es, según su definición, un grupo de jóvenes con vocación política, con un pasado militante común, con una mirada similar del acontecer nacional. “Nuestra intención principal es aportar al debate y la producción de ideas. Carecemos de vocación académica, nuestra intención es predominantemente política”, dice Ignacio, para desmarcar sospecha del hecho de que se trate de un libro de y para politólogos o sociólogos. No, es un libro hecho desde adentro de la política, y que contribuye a reelaborar una experiencia. Este grupo está convencido en decir con nombre y apellido los errores: “Las dificultades de construcción política, la predominancia de la gestión sobre otras cuestiones del accionar político, la debilidad identitaria, el personalismo extremo, etc., fueron algunas de las cuestiones negativas.” ¿Y hay algo positivo? “Dentro de lo positivo está la adhesión a campos como los de los derechos humanos, la democratización de algunas cuestiones, el respeto por el espacio público, el intento de reducir las desigualdades.”
Cuando se habla de “la experiencia progresista” se habla de un pasado, de algo que fue y ya no es. Aquí dos lecturas: 1. el progresismo colapsa con la Alianza. 2. la experiencia progre termina de languidecer bajo la luz de otra experiencia que arrancó de cuajo sus propios supuestos: el kirchnerismo. En ese sentido, Emiliano cree que
“a la luz del kirchnerismo, el progresismo se revela como un política bien intencionada, leve, tibia, de baja intensidad, prolija, aceptable para la sensatez de los sectores medios; pero que no fue lo suficientemente potente, radical, plebeya, para profundizar algunos cambios.”
Entonces la ecuación parece ser: progresismo igual posibilismo. “En eso el kirchnerismo con audacia logró construir escenarios de posibilidad impensados para el progresismo que se expresó a través de, por ejemplo, el Frente Grande.”
Esta nota, estas entrevistas, salen a luz en un momento en donde “la centroizquierda” atraviesa una serie de debates en torno al kirchnerismo y sus modos de posicionarse frente a él. En ese sentido, la salida de un libro así, que discute estas cosas, parece oportuna. Según Ignacio, “existe un debate acerca de qué caminos deben seguir las fuerzas populares y democráticas, algunas de ellas identificadas como centroizquierda”. Y aclara: “centroizquierda no es un término que nos identifique a nosotros”.
Ruido
Hablamos con Francisco “Tito” Nenna, a escasas horas de asumir como legislador porteño por el Encuentro Popular para la Victoria. Dirigente gremial docente de dilatada trayectoria, Nenna tiene parte de su biografía política atravesada por estas experiencias. Pero desde el vamos, marca la cancha: “A mi el término siempre me hizo ruido. Para alguien como yo que viene de la experiencia nacional, popular y revolucionaria de los 70, ese término confrontaba con lo que en aquel momento creíamos. En los 80 empieza a aparecer, y se plantea en términos de la socialdemocracia europea, y durante los 90, a los sectores que comenzamos a ver la necesidad de oponernos al proyecto menemista, se nos empezó a llamar progresismo. Me parece que en todo caso un rasgo de esa experiencia es la diversidad, en el sentido de que se incorporaron distintas experiencia políticas, y el rol que jugaron los medios de comunicación en esos años. Pero, si me preguntás a mí, yo me correría del término progresismo y me quedaría con la idea de frente nacional popular.”

No es casual que la figura de Nenna tome mayor relevancia a inicios del gobierno macrista: se trata de un dirigente gremial que defiende la educación pública, y la educación pública es patrimonio de ese río de tradiciones en las que abreva el progresismo. “Yo fui participante de lo que fue la creación del Frente Grande, y de la CTA en el momento en que nos fuimos de la CGT, que son dos cosas que ocurren en los mismos años, y creo que uno de los errores más grandes de ese progresismo de los 90 fue haberse parado centralmente sobre un grupo de figuras mediáticas, más que en las convicciones políticas. La gran debilidad fue la falta de construcción de fuerza política propia, y la consecuencia de esto, por ejemplo en la Ciudad de Buenos Aires, es que cuando no hay construcción sólida lo que sobreviene es la derrota y la aparición de la derecha, como es hoy el macrismo en el gobierno.”
Exhumaciones
¿Cómo exhumar el cuerpo del progresismo argentino, y como hacer esta tarea asumiendo que parte del barro que organiza eso que llamamos kirchnerismo porta las banderas de esas experiencias progresistas fallidas?
Eduardo Jozami escucha la pregunta. Nos interesa Jozami particularmente por su doble condición: fue parte del riñón de la experiencia frepasista, actualmente integra Carta Abierta, y es un fino analista de la política (amén de que es uno de los pocos argentinos a los que el Che nombra en su diario en Bolivia… pavada de historia).
“La idea de exhumar parece un poco excesiva, pero me gusta el término porque habría que reconocer que la Alianza fue el gran fracaso, y el progresismo como expectativa de conformar un espacio político con capacidad de transformación, de convocatoria social, quedó liquidado.
Y entonces lo que queda es la necesidad de reconstruir un espacio de confluencia política de diferentes sectores con un pensamiento popular, avanzado, de algún modo de izquierda, y que no se sienten contenidos en los partidos tradicionales, que en definitiva eso es lo que fue el progresismo. Y me parce que hoy es más necesario que nunca porque yo soy de los que a veces le critica al gobierno la falta de una mayor disposición a abrirse y a aliarse a estos sectores que no están en el PJ y que lo apoyan. Al mismo tiempo, ayudaría mucho a facilitar este proceso –porque me parece que la culpa no es sólo del gobierno- que esto que llamamos progresismo existiera con una fuerza y una articulación mayor.”
La real politik y su lógica de hierro
Una hipótesis: el mejor kirchnerismo es el kirchnerismo sin poder. 2003-2005 o post 28 de junio. El más osado, el más innovador, el que produce un reacomodamiento de todo el sistema político y transformaciones efectivas y de fondo en realidades que poco antes parecían inamovibles –incluso para anteriores experiencias “progresistas” de gobierno-, el que asume el conflicto como materialidad misma de toda política. El kirchnerismo que al mismo tiempo en ese movimiento pisa la sábana del progresismo argentino, ese fantasma que recorre las conciencias.
Sin embargo, el progresismo K es más barroso que aquel que resistía la prueba de la blancura que construía Chacho Álvarez y sus huestes frente al festín menemista. Y es así, más complejo, porque la gobernabilidad está en juego, “la política real” diríamos de modo destemplado, no se cuece con buenas intenciones, sino con poder, es decir, con aliados poderosos. Sin embargo, para Jozami, tras el 28 de junio, tales afirmaciones deben ser revisadas.
“Desde una perspectiva, la GGT es más poderosa que la CTA, el PJ es más poderoso que cualquier organización política de centro izquierda. Pero aceptado esto habría que hacer una salvedad: esa fuerza debería relativizarse, en la medida en que, si pensamos en términos electorales es muy difícil saber cuánta es la irradiación de la CGT en el conjunto del electorado.”
Progresistas K y Anti K
La escena de unos jueves atrás puso actualidad a estos debates: una parte del espacio de centro izquierda se alía con la oposición de derecha en la elección de autoridades en la Cámara de Diputados, otro sector prefiere tomar distancia. En un clima de fuerte restauración conservadora, ver los conciliábulos entre quienes abogan por la seguridad jurídica y la propiedad, y quienes dicen luchar por la igualdad y, acaso, por la liberación, no deja de producir cierto escozor. Jozami dice: “En el caso de Proyecto Sur yo creo que hay una dificultad grande, porque no se trata sólo de que el gobierno modifique algunas políticas o cambie algunas cuestiones, sino que ellos tienen la idea de que este es un gobierno reaccionario, y tienen una posición muy dura. Entonces, la cosa es simple: si yo pensara que este gobierno es igual al de Menem, tendría la misma posición que Pino Solanas. Hay una caracterización muy equivocada que está en la base de esa política, y además hay una apreciación incorrecta respecto al estado de la relación de fuerzas, porque cuando uno sale con estas posiciones a todo o nada, es cuando uno se ve como alternativa. Y daría la sensación que Pino Solanas cree que él puede ser presidente de la Argentina en un plazo no demasiado largo.”
Y sigue: “Yo creo que entre la postura que está asumiendo Martín Sabatella, y la que está teniendo Proyecto Sur y la parte de la CTA que lo acompaña no hay solamente diferencias de grado respecto al mayor o menor acercamiento al gobierno: Sabatella piensa que, con matices, lo que el gobierno ha hecho es bueno, en cambio, Proyecto Sur piensa que este gobierno es malo y punto.”
El oro y el barro
“El Kirchnerismo es un progresismo de los hechos, demostró la posibilidad de que las cosas pueden cambiar.”, cierra Jozami. ¿El kirchnerismo pudo hacer eso porque tenía al PJ atrás? , le preguntamos inquisitivamente.
“El kirchnerismo lo pudo hacer porque tenía la voluntad política de hacerlo. Y creo que ser progresista hoy es apoyar las políticas progresistas que este gobierno está llevando adelante.”
Y sin embargo, más allá de las especulaciones teóricas, o de mantener al día la dureza con que “soportar” la real politik, el libro que impulsó esta nota acaso habla de biografías. Habla del lugar de determinados sujetos en la historia. Y la interrogación alrededor del progresismo, más allá de las debilidades congénitas de sus experiencias reales y colectivas, indaga acerca de los límites de las ideas de cada uno. Se puede ser radical, peronista, socialista, pero el parte aguas está acá: uno es progresista o es reaccionario. Ese punto, esa raya, es central. Y acaso en ella aniden las viejas esperanzas transversales, que daban cuenta de un estado ideológico que trascendía el magma denso de las identidades partidarias. Sobre este punto, la mejor definición, la más ascética, tal vez la más noble, la dio Mario Wainfeld, uno de los entrevistados. Los dejamos con él: “La idea de progresismo que tengo yo y que tenemos algunos de los que venimos del peronismo de la Argentina, es una idea que se fue soldando o se fue acrecentando al calor del crecimiento de la vida democrática. De repente uno se encontraba con cierta naturalidad con gente con la que había estado enfrentado. Cuando yo ahora puedo decir, -con incomodidad, porque es una palabra que no me gusta, que no me termina de calzar- que soy progresista, lo que estoy diciendo es que todo el mundo sabe dónde estuve en estos 25 años, cuando se discutieron seis o siete núcleos fundamentales. Y esos núcleos no se dejan definir con la identidad con la que yo entré a la democracia.”.