Todos conocemos hombres y mujeres solos que se quejan de su mala suerte y dicen estar abiertos para compartir su vida con alguien. ¿Por qué, entonces, se producen tan pocos encuentros medianamente duraderos? El fenómeno es complejo y por ende policausal. Sin embargo, creo haber encontrado uno de los motivos que impiden el desarrollo de una gran cantidad de vínculos: a la hora de hacer la listita imaginaria de cualidades que debería tener una persona para calificar como eventual pareja, son pocas las personas que piden cosas parecidas a las que están en condiciones de ofrecer.
Me sobra casuística para ilustrar la hipótesis. Mi prima María, 33 años, medianamente linda, buena gente, cuenta con una inteligencia promedio y muy poco sentido del humor. Está sola y quiere que le presenten hombres. Pero les aclara a todos sus conocidos que están oficiando de celestinos que la condición sine qua non para que ella acepte una cita a ciegas es que el caballero en cuestión sea un tipo capaz de hacerla reír. ¿Con qué derecho? Querida María: ¿Por qué creés que un hombre con sentido del humor encontraría en vos a una buena compañía? Sabé que tu rictus amargo es tema obligado de debate a tus espaldas.
Marcelo es un agradable compañero de trabajo. Tiene aspecto decente, buen pasar económico y una inteligencia por encima del promedio. Separado y con hijos, a sus 55 años me pide que lo ayude a conocer a una mujer. Hice un mapa mental de mis contactos y caí en la cuenta de que mi amiga Sofía, de 47, podría llevarse muy bien con él. Cuando le di detalles de mi plan, puso cara de “qué lástima” y me confesó que está buscando mujeres de hasta 35 años. Querido Marcelo: Teniendo en cuenta que ya tenés 55 abriles, ¿me podés explicar por qué discriminás a las mujeres que tienen un número de documento cercano al tuyo? Por otra parte, ¿qué te hace pensar que podés resultarle atractivo a una mujer a la que le llevás veinte años? No vale contestar “la plata”.
Mi amigo Diego está lleno de virtudes, pero es muy, muy feo. A pesar de sus limitaciones físicas, tuvo pocos problemas para relacionarse con mujeres. Pero ahora, a sus 37 años, está solo. No tiene demasiadas pretensiones respecto de la edad de las mujeres que una pueda presentarle, ni le interesa la condición económica de la dama en cuestión. Eso sí: la fémina tiene que ser linda, si lo decepciona en ese aspecto nunca va a llamarla para concretar la segunda cita. Estimado Diego: ¿te pusiste a pensar cuál hubiese sido tu derrotero amoroso si las mujeres que te amaron hubiesen pensado como vos?
De más está decirles que, aunque tengo alma de celestina, jamás pude formar una pareja. Será cuestión de dejar de intentarlo, a fin de cuentas nadie me paga por el esfuerzo y nunca fui aficionada al voluntariado.
Me sobra casuística para ilustrar la hipótesis. Mi prima María, 33 años, medianamente linda, buena gente, cuenta con una inteligencia promedio y muy poco sentido del humor. Está sola y quiere que le presenten hombres. Pero les aclara a todos sus conocidos que están oficiando de celestinos que la condición sine qua non para que ella acepte una cita a ciegas es que el caballero en cuestión sea un tipo capaz de hacerla reír. ¿Con qué derecho? Querida María: ¿Por qué creés que un hombre con sentido del humor encontraría en vos a una buena compañía? Sabé que tu rictus amargo es tema obligado de debate a tus espaldas.
Marcelo es un agradable compañero de trabajo. Tiene aspecto decente, buen pasar económico y una inteligencia por encima del promedio. Separado y con hijos, a sus 55 años me pide que lo ayude a conocer a una mujer. Hice un mapa mental de mis contactos y caí en la cuenta de que mi amiga Sofía, de 47, podría llevarse muy bien con él. Cuando le di detalles de mi plan, puso cara de “qué lástima” y me confesó que está buscando mujeres de hasta 35 años. Querido Marcelo: Teniendo en cuenta que ya tenés 55 abriles, ¿me podés explicar por qué discriminás a las mujeres que tienen un número de documento cercano al tuyo? Por otra parte, ¿qué te hace pensar que podés resultarle atractivo a una mujer a la que le llevás veinte años? No vale contestar “la plata”.
Mi amigo Diego está lleno de virtudes, pero es muy, muy feo. A pesar de sus limitaciones físicas, tuvo pocos problemas para relacionarse con mujeres. Pero ahora, a sus 37 años, está solo. No tiene demasiadas pretensiones respecto de la edad de las mujeres que una pueda presentarle, ni le interesa la condición económica de la dama en cuestión. Eso sí: la fémina tiene que ser linda, si lo decepciona en ese aspecto nunca va a llamarla para concretar la segunda cita. Estimado Diego: ¿te pusiste a pensar cuál hubiese sido tu derrotero amoroso si las mujeres que te amaron hubiesen pensado como vos?
De más está decirles que, aunque tengo alma de celestina, jamás pude formar una pareja. Será cuestión de dejar de intentarlo, a fin de cuentas nadie me paga por el esfuerzo y nunca fui aficionada al voluntariado.








