Notas

Tres cuentos de reyes

0 Comentarios 14 Enero 2010

Tres cuentos de reyes
Hay una vieja historia en la vieja historia de la desilusión: Papá Noel son los padres… ¡y los Reyes Magos también! Pero los Reyes son de resaca: una segunda oportunidad de la que vive la industria del juguete y alguno más que labura disfrazado de Rey en un shopping. Porque ya se brindó dos veces y la verdad es que la espiritualidad navideña se come todo. Los Reyes Magos llegan del desierto, como los que llegan cuando la fiesta terminó y hay que calentarles los sanguchitos. Bueno, nos gustan esos Reyes vencidos y por eso le pedimos tres textos inéditos a tres narradores, dos reyes y una reina, para que se deleiten sobre los restos podridos de la Fiesta.

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Tres matungos

Por Eduardo Blaustein*

Sombra terrible de Melchor sobre el caballo, te estoy junando. Desde el punto más temido de la pampa, en los arrabales, las nubes negras cargadas de presagios y tormentas, avanza tu figura prometiendo qué regalos.
Aparcero…
Qué andás haciendo, Gaspar, la metra al hombro y ropas de camouflage beige, cien metros más allá de la puerta del supermercado.
Duda un chino, junto a la caja. Pela el fierro.
Baltasar, negro, ¿vos también? Burócrata: cómo te creció la zapán en estos años. Baltasar se rasca la voluminosa semiesfera. Inclinado sobre la ventanilla del patrullero, intercambia qué susurros e instrucciones con los pesados.
Reunión de matungos y cartoneros. Tropa, tropa.
¿Qué está pasando en las calles desiertas de Moreno? ¿Qué asoma en lo peor de Ciudadela?
El chino apaga la señal de TN. Quita el seguro del arma.
Luis D’Elía, bestia pop, ¿estás al tanto? ¿Es Duhalde?
Parece que el quilombo es en Varela.
Pastan. En los yuyales tóxicos los caballos de Melchor, Gaspar y Baltasar pastan, rumian, relinchan nerviosos. Las orejas del conurbano se yerguen alertas. En las cumbres de los basurales pequeñas fieras dejan lo que estaban haciendo. Afilados cachorros de chacal, argentinos a las cosas.
Hay reparto de charutos bajo la lona de un camión, allá en Fiorito. Siembran paco de Caraza hasta Itatí.
Néstor, a los intendentes, ¿no era que los controlabas? Los teléfonos de la Bonaerense no saben/ no contestan.
La que no se decide es la repositora gordita, en el supermercado: ¿le digo al chino hijo de puta o no le digo nada? Ya van tres veces que me dijo villera de mierda. ¿Le digo lo que traman los reyes magos? La gordita maneja una posibilidad: enviar las imágenes que grabó con el celular, el reparto de guita entre punteros, a TN y la gente.
¿Garpan por eso? No, que van a pagar los putos esos.
El chino la está mirando. Ella hace que acomoda las espirales. Después se acomoda las tetas, avanza cuatro pasos y descarga del carrito las botellas de lavandina.
A las diez de la mañana. Le dijeron que a las diez de la mañana.
Chino de mierda, supermercado del orto. Sólo latas de arvejas, arroz y fideos de cuarta, productos de limpieza y guirnaldas navideñas en cajas llenas de polvo venidas hace tres años. Los dos microondas que llegaron la semana pasada, eso puede llevarse; pero hay que cargarlos. Los bolivianos de la verdulería no los van a disputar, son puro mundo interno.
Melchor, Gaspar y Baltasar hablan por el handy.
Diez menos veinte en la República Argentina. En San Luis, ocho y media de la noche.
Últimas instrucciones entre Baltasar y los pesados del patrullero que se retiran de cuadro. Baltasar levanta el pulgar, se acomoda la sobaquera, se pellizca la doble tela del pantalón y el calzoncillo que se le mete en la raya. Otros tantos patrulleros se alejan de supermercados –en Varela, en Fiorito, en Caraza, en Ciudadela– rumbo a ninguna coordenada.
Tres caballos en la pampa arrabalera olisquean el aire. Mil millones de larvas de dengue esperan la señal de Dios. Las ratas, en general, dicen estar satisfechas.
Son las nueve menos cuarto en San Luis. Alberto Rodríguez Saá se quita una lagaña.
En el resto de Argentina son las diez menos cinco con imágenes de la costa en Mar del Plata.
La repositora gordita le pide al chino salir a fumar a la vereda. Los bolivianos mantienen frescas las plantitas de albahaca bajo el techo de zinc. La tele, en el supermercado, sigue apagada. La abuela china le pide a su hijo que la encienda. Discusión a los gritos. Inenarrable, intraducible, incluso del chino al chino.
Ciento treinta celulares reciben un mensaje.
Jessica, la repositora gordita, consulta el suyo. Tira el pucho y vuelve sobre sus pasos.
Que baje la persiana.
¿Qué?
Que bajes la persiana, chino del orto.
No bajo nada la persiana.
Bajá la persiana chino de mierda o te van a vaciar el supermercado.
No la bajo y andate de acá y no vuelvas.
Chino pela fierro.
Volvete a tu país de mierda.
Volvete vos a tu país de mierda.
Chilla la abuela china, chillan las otras chinas de la China, el chino más chiquito se sube a una silla y enciende la tele, hecha en China.
Vuelve la señal de TN. Imágenes de Carlos Paz. El humor de Jorge Corona.
La abuela no entiende nada pero se ríe y babea.
Jessica consulta su reloj –chino– y mira hacia la calle: no viene nadie. Se encoge de hombros.
Se mete otra vez entre las góndolas. Acaricia el par de microondas y después acomoda las botellas de lavandina. El chino la deja hacer.
Melchor, Gaspar y Baltasar no firmaron ni un autógrafo. Trotan sus caballos de regreso al horizonte. Yuyos, ortigas. Pampa bárbara.

*Eduardo Blaustein nació en Buenos Aires en 1957. Trabajó en El Porteño, Página/12, diversos semanarios, alguna docencia. Autor de Decíamos ayer (La prensa argentina bajo el Proceso), Prohibido vivir aquí (Una historia de la erradicación de villas durante la última dictadura) y de las novelas Cruz Diablo (premio Emecé) y La condición K (editorial Altamira).

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Melchor, Gaspar y el negro Michael Jackson

Por Leonardo Oyola*

Tomás no pone los zapatitos para los reyes. Directamente se los pide. A nosotros nos enseñaron que Papá Noel era el que te traía los juguetes y que los Reyes Magos eran los que te dejaban la pilcha. Y eso mismo le dijo mi hermano el Freduli a mi sobrino, Tomás. Y eso mismo le expliqué a mi Ramón; aunque siempre para reyes le termine comprando disfraces. Esta vez le tocó la máscara de La Masa de 100 % Lucha. Pero esa es otra historia.

Tomás el año pasado tampoco puso zapatos o pastito para los camellos. Pero también pidió calzados. Botines. Para jugar al fútbol. Botines que el Freduli le compró porque Tomás juega muy bien a la pelota. Y en la familia –sobre todo mi viejo, mi hermano y yo- tenemos esperanzas de que Tomás con sus siete añitos en un futuro cercano sea el nuevo Messi. Si. Pero sobre todo de que el fulbito, cuando Tomás tenga la edad suficiente, lo saque de Casanova. Lo lleve a otros lados. Le dé algo diferente.

Tomás es gallina por culpa de mi papá y de mi hermano. Y su ídolo, aunque no lo viera jugar nunca y mucho menos bien, es el Ogro. Más bien: era. Ahora que el Jefe Astrada le dio el olivo… El Ogro era el ídolo de Tomás lisa y llanamente por el apodo. Y por una foto del Gráfico en donde Shrek aparecía con la camiseta de River.

Más o menos para esa misma época se murió Michael Jackson. Y hubo Maicol hasta en la sopa. Y así fue como lo descubrió Tomás. Y así fue como un día le comentó a mi vieja: “abuela, me pone muy triste no haberlo conocido hasta ahora”.

Tiene su personalidad mi sobrino. Porque ahí donde Mick Jagger es Dios, la lengua el crucifijo que llevamos colgado y los Stones nuestra religión; ahí donde pinta el arrebato y los pibes cantina solo escuchan chingui-chingui: Tomás le pide a los reyes que le traigan mocasines. Que sean negros. Y que brillen. Porque mi sobrino baila como Maicol. Y quiere ser como él.

Y es por eso que el martes 5 estamos con el Freduli y Tomás comprándole los mocasines en una zapatería de Atalaya. Los zapatos negros y brillosos adentro de una caja que mi sobrino lleva bajo el brazo. Hace mucho calor. Cada vez que para de llover vuelve el calor y es insoportable. Les invito un helado antes de ir a ver un rato a mi hijo para llevarle su máscara y antes de que nos separemos cuando el Freduli lo lleve a Tomás con su mamá.

Pido los vasitos, les pregunto los gustos que van a querer. Mi sobrino hace el caminante lunar y con mi hermano se lo festejamos. También el heladero y hasta el señor de la caja. Ahí es donde escucho una voz familiar, dolorosamente familiar, que lo bardea a Tomás diciéndole que se deje de hacer mariconadas. Que a ese negro hijo de puta se le haría agua la boca con solo verlo y no por como baila.

Es el Japo. La pica entre el Freduli y el Japo empezó cuando la Don Bosco todavía no estaba asfaltada por una cuestión de polleras. Y si hay algo de lo que no se vuelve es de eso: de cuando hubo una mina en el medio.

El Japo sigue bardeando y el Freduli va y le cierra la jeta con una flor de trompada. Antes mi hermano murmura algo que yo no alcanzo a escuchar pero Tomás si. El Japo mientras se va para atrás se tropieza y desparrama juguetes, CD’s y DVD’s truchos que estaban vendiendo en la vereda. Se cae de culo. Freduli se le va encima otra vez pero el Japo levanta las manos y yo me pongo delante de mi hermano pidiéndole que no haga nada más, que lo está mirando asustado su nene.

Nos vamos de la heladería. Ellos me acompañan a la parada del 317. Callados. De repente Tomás le hace dos preguntas a mi hermano, a su papá. Quiere saber qué es eso que le dijo al Japo antes de darle una piña. Quiere saber que significa “saborealo”. Pero lo que más le angustia a mi sobrino es si es verdad lo que anduvo boqueando el Japo de Maicol. Freduli lo sienta en el manubrio de la bicicleta, le da un beso en la cabeza y, mientras los dos cruzamos miradas, al oído le asegura:
-Tomás: si hizo Billie Jean para mi es inocente.

* Leonardo Oyola nació en Buenos Aires en 1973. Es autor de las siguientes novelas policiales Escribió Siete & el Tigre Harapiento, Santería y Hacé que la noche venga. En España publicó las novelas Gólgota y Chamamé (Premio Dashiell Hammett de la Semana Negra de Gijón 2008 al mejor policial en español). Sus cuentos también se hallan en diversas antologías.

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Activismo laico

Por Sol Prieto*

En 1995, a los diez años, yo formaba parte todos los sábados, con todo el espíritu de cuerpo posible, de una organización católica conocida como “Perseverancia”. Este nucleamiento de carácter federal tenía una de sus sedes en la Parroquia de Nuestra Señora de los Buenos Aires, barrio de Caballito. El fundador del grupo en esta parroquia fue Gastón, un joven catequista con grandes cualidades de liderazgo infantojuvenil que descubrió que, si el grupo de Perseverancia lograba operar exitosamente, se generaría un circuito comunitario en donde uno pudiera hacer los dos años de catequesis antes de tomar la Comunión, más dos o tres años de Perseverancia, más un año de preparación para la Confirmación. El resultado de este circuito de seis años podía llegar a ser no solamente el fortalecimiento de los lazos barriales entre chicos de distintas escuelas y clases productivas, sino también la recuperación de aquello que había estado dormido pero nunca muerto en Caballito: el activismo laico.

Un  sábado normal de perseverancia transcurría así: en pequeños grupos de amigos, llegábamos a las dos de la tarde al patio techado del colegio de la orden, que ponía sus instalaciones a disposición de las actividades que el párroco considerara estratégicas y decidiera acompañar. Una vez que llegábamos al patio, los grupos “de amigos de la escuela” se disolvían, y pasábamos a ser todos “perseverantes”. Nos saludábamos informalmente con los que estuvieran a nuestro alrededor, y formábamos filas atrás del coordinador del grupo de reflexión del que formáramos parte. El patio era de quince por diez y tenía paredes amarillas y piso damero.  El momento de formación de filas era lindo y ruidoso al mismo tiempo. Lindo, porque cuando empezaba la primavera todos nos poníamos gorrita y short, lo que asimilaba la escena a la de una colonia de vacaciones donde los chicos son felices porque no tienen clases y pueden jugar todo el día; ruidoso, porque los perseverantes éramos cien, y nuestras perseverantes voces rebotaban en el techo de chapa y volvían a nuestros oídos como muchos pájaros dando señales distintas. Los coordinadores pedían silencio y el cura daba una introducción muy breve sobre el tema que íbamos a trabajar ese día,  entonces entrábamos al aula ya preparados intelectualmente para recibir una fotocopia con las lecturas, discutirlas de a cuatro, sacar conclusiones y después contrastar nuestras conclusiones con las de los demás grupitos, bajo la guía de nuestro coordinador. Los temas siempre eran la fraternidad y el amor en sus distintas variantes, esto lo sabe cualquier católico inteligente. Pasadas las tres horas, podíamos ir a los patios descubiertos a jugar al quemado una hora y media, o al fútbol los hombres que así lo prefirieran. Hacia el final de la jornada volvíamos al patio cubierto a tomar jugo y comer galletitas que los coordinadores preparaban mientras nosotros jugábamos. Agradecíamos la merienda, la consumíamos, ordenábamos entre todos, y volvíamos a formar filas atrás de nuestros coordinadores. Entonces Gastón se ponía al frente de todos, se colgaba la guitarra, agarraba un megáfono y gritaba: “¡¿Se divirtieron hoyyyy?!”, y nosotros: “¡Síiiiiii!”, y cantábamos canciones mercedarias con melodías populares, como la de “Mi pollera amarilla”, que decía mercedarios para acá/ mercedarios para allá/ nos vamos todos juntos/ para evangelizar.

Para las fiestas importantes de la comunidad, como la Navidad o la Pascua, esta rutina se alteraba y teníamos que juntarnos en días de la semana y darle a las actividades una duración prolongada, de varios sábados, para organizar pesebres vivientes, viacrucis, o para hacer que nuestro coro sonara afinado. Para la noche de Reyes de 1996, hubo un trabajo intensivo de cinco sábados, de reparación y limpieza de juguetes usados que habían sido donados en los últimos seis meses del año. En esas cinco semanas sufrí amargamente porque las manualidades son la forma en la que las mujeres que no tienen cerebro llenan su tiempo mantenido, a costa de sumisión y hartazgo, por hombres laboriosos a los que no les gusta preguntarse cosas. Yo sentía que estaba lista para asuntos más importantes.

Había, además, otro problema: dos hermanos que estaban en Perseverancia iban a recibir esos juguetes, con seguridad. Esta situación me incomodaba como ninguna otra cosa en la vida. Una vez los había visto vendiendo rosas en un restaurant al que había ido con mi familia, y otra vez en la casa de mi profesora de guitarra (que era solista en el coro de la misa del domingo) secándose el pelo en el living con total normalidad, lo que indicaba que siempre se bañaban ahí porque no tenían agua en la casa. En una charla sobre por qué yo quería faltar a Perseverancia, le dije a mi mamá que si yo fuera ellos, no sería mi amiga. “Sería mi enemiga”. Y le pregunté por qué ellos querrían recibir juguetes usados. “Es mejor no tener nada”, dije. Y ella me contestó que para mi primera noche de Reyes en este mundo, la tía Cañita me había regalado un bebé de plástico en un moisés. “Las dos cosas eran de Cáritas”, dijo. Y agregó que  yo me había puesto muy contenta con el regalo. Lo cual es lógico en un bebé de un año, ¡claro!, pero los hermanos de los que yo le hablaba tenían mi edad y por lo tanto entendían todo. En un mundo verdaderamente justo, ellos deberían haber prendido fuego el colegio parroquial, con todos los juguetes y los perseverantes que pasábamos los sábados ahí.

* Sol Prieto nació en Buenos Aires en 1985. Estudia sociología. En el 2007, sus poemas fueron publicados en la plaqueta “nadie está hablando de vos”, por Color Pastel, y también en la revista virtual El interpretador. En el 2008 participó con un cuento en la antología “Vagón Fumador”. En el 2009 participó con otro cuento en la antología “Los días que vivimos en peligro”, y con algunos de sus poemas en la antología “Quedar en lo cantado”.

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