Notas

Al agua con remera

1 Comentario 22 Enero 2010

Al agua con remera
¡Y ante todo está el mar!
¡El mar!…ritmo de divagaciones. ¡El mar! Con su baba y con su epilepsia.
O Girondo. Croquis en la arena. 1922

Arenales

Una rubia toda turgente (qué linda palabra que es turgente) camina por la costa bonaerense. Andar seguro, entre una fingida sofisticación y cierto aire de quien se sabe ganadora. A su lado va el surfer de reglamento, tatuado, musculoso pero no tanto, magro a decir basta. Los dos son objeto de miradas que oscilan entre la envidia y el embelesamiento. Los dos tienen todos los boletos para ganar en el mercado de los cuerpos playeros. Los dos están en el estándar de lo que debe ser un cuerpo al sol. Músculos, delgadez y juventud. Uno de estos cronistas los mira pasar, sillita y diario de rigor, se mira su panza, en nada parecida a la del surfer de marras, piensa que los excesos de junio se pagan en enero, y que para ir a mojarse las patas en la orilla bien vale ponerse la remera.
De esto, de lo que pasa en esa maravillosa o fatal pasarela de arena en que se fue convirtiendo la playa trata esta nota, de los culos y las tetas y las panzas y los tríceps y dorsales que, como fragmentos de cuerpos desarticulados, danzan al ritmo de las olas, ante la mirada atenta de los veraneantes. Porque si la cultura contemporánea ha construido en torno a los cuerpos unos estereotipos en los que cada vez entran menos, el verano es ese momento en que ese frenesí encuentra su cumbre.

Argentina mira

Un pequeño relato escuchado ya varias veces parece aportar alguna clave para intentar acercarse a la especificidad argentina de la mirada playera. “Estás en una playa en Brasil, de repente una chica se levanta de su silla y va hacia el mar. ¿Cómo te das cuenta si es argentina o brasileña? Simple, si es argentina cuando se para mete la panza antes de empezar a caminar hacia el mar”. Y sí queridos niapalenses, la cultura nacional de la sombrilla y el pareo ha convertido a los veraneantes en sujetos que caminan esquivando miradas como puñales.
Santiago, un amigo de la casa que se pasea por las playas venezolanas, nos manda una impresión al respecto que abona la hipótesis de la marca nacional, si de presión sobre la silueta playera se trata: “En las playas venezolanas no es tanto problema: aquí las panzas son tamaño XXL. Uno viene con su complejo de argentino, y no encuentra mejor cura que cientos de barrigas prominentes, mucho más grandes que la propia, alrededor. Panzones en la playa, en el mar, en los toldos, bebiendo de sus vasos plateados un roncito aquí o unas cervecitas allá, sin culpas. El desayuno tipo, por caso, demuele cualquier ilusión naturista de frutas tropicales: mucho pancakes, con mucho syrup, arepas (panes saltados rellenos), huevos (duros, revueltos, en tortilla), salchicha, queso, pan y mantequilla. El resultado, ni remera, ni camisa, ni camiseta: ombligo al aire”.

Verdad de mujer

Julia responde a nuestras consultas ávidas de mirada femenina al respecto, y lo hace con la contundencia que esperábamos:
“En la playa afloran todos los complejos que durante el año estaban bien escondidos bajo la pilcha. Una va aprendiendo cuáles son los colores que disimulan, las texturas que encubren, los cortes que tapan, las telas que ocultan, y así, un sinfín de artilugios del engaño. Pero la playa es el momento de la verdad”.
La playa como verdad, un mundo de cuerpos despojados de los artilugios engañosos de la vestimenta, en la playa se ven los pingos…
Sigue Julia: “Hay, claro, algún que otro bikini que levante, que eleve, que acreciente o achique, según corresponda, pero lo cierto es que la malla es muy limitada en su capacidad de falsificar. Es entonces cuando una recuerda esa maldita celulitis, el salvavidas adosado en la cadera, la panza que obviamente duplicó en las fiestas. Fatalidades que una bikini no puede esconder. Pero lo importante es el estado mental. Una se dice para sus adentros ‘no me importa, no soy perfecta, yo no tengo tiempo de meterme electroshock en el culo, hago cosas más importantes, bla, bla, bla’. Y entonces una busca recompensarse con todos los logros intelectuales que tuvo en el año: “Leí tantos libros, tengo un laburo demandante, tengo una vida social, la pase muy bien comiendo…”. Y ahí, en seguida, es cuando una se replantea ‘¿y si en ese tiempo de lectura hubiese ido al gimnasio, si en vez de comer hubiese cerrado más el pico?’. Los tiempos del bikini son tiempos de introspección, de planteos profundos, de contradicciones internas, es cuando una se pregunta qué está haciendo de su vida. En definitiva, por suerte son sólo dos semanas al año.”

A la playa con camisa o la clase obrera va a La Feliz

Si de teorías se trata, la playa no puede estar ajena a ese ejercicio incesante. Lucas pela una en medio del arenal:
“Hasta la asunción del primer peronismo Mar del Plata tenía más onda que Punta del Este. Juan Perón fortaleció los sindicatos, que con ayuda del Estado comenzaron a construir hoteles en la costa. Ese fue el momento donde cierta parte de la sociedad que veraneaba en Mar del Plata dejó de hacerlo porque el lugar se volvió tan top que hasta iban los obreros.
Como la Argentina contaba con reservas en el Banco Central, la gente bien se trasladó a Punta del Este. Probablemente esas mallas enterizas de los años cincuenta (tipo faja de seguridad de las partes pudendas), con tanto control de precios, hayan sido las mismas que usaban en Punta y en Mar del Plata. Una re gronchada. ¿Así que cómo diferenciarse de los descamisados que veraneaban en Mar del Plata? ¿Concurriendo a la playa con camisa? No hay que descartarlo.
Pero así como hoy ponerte una estrella roja federal puede ser confundido con un pin de prevención del sida, probablemente si te ponés una faja en la panza, la camisa y unas bermudas floreadas, se prejuzgue que querés esconder la panza, cuando en verdad estás manifestando tu apego a la constitución bien entendida.”

Elogio de panza

Cuando mucha gente imagina a un banquero corrupto o a un empresario coimero, siempre en su imaginación le dibuja una panza. La panza como símbolo de usura. La panza como ‘la sangre prometida de las clases dominantes’. Una especie de distinción de “garcas”. Ahí una genealogía posible de estos años democráticos desde el muy primaveral y alfonsinista. “A vos gordito no te va tan mal”, hasta la Mesa de Enlace como una cofradía brutal de cuatro panzones insaciables.
Pero la panza tiene sus edades, sus miserias, sus condiciones. Un mundo sólo dividido en clases sociales es un mundo sólo material… y aburrido. Y si no, leamos lo que nos dice un tal Guido, quien atesora años de complejo, de cuando el cuerpo desataba sus guerras en ese campo de batalla terrible: la playa. Leamos:
“Reconozco que cuando me preguntan por qué nuestro equipo de fútbol aún se llama ‘al agua con remera’, recuerdo una cantidad de situaciones que distan de ser felices, pero que forman parte de una especie de épica, la de quien ‘llegó para contarlo’. Hoy ese nombre es gracioso pero lo que no saben aquellos incrédulos, es el dolor, la tensión y el nerviosismo –por nombrar alguna de esas sensaciones- que padecí en la pubertad. ¿Hay algo más doloroso que la pubertad para el gordito? Los desafío: llega el verano y me voy con unos amigos a la costa. Las hormonas nos obligan a ir a la playa más canchera, donde están las minitas más lindas. Hasta ahí creemos que vamos bárbaro: guayabera, anteojos, malla, ojotas, heladerita, sombrilla, bocha de fulbo. Vas bajando las escaleras y te cruzás con un grupito de mujeres. Si supieras que ésa va a ser tu única oportunidad… Ya instalados en la arena, la cosa empieza a ponerse fea. El que llega a su bunker y no se pone en cuero de una, empieza a generar sospechas. Ni te digo cuando empezás a transpirar y se notan las aureolas de la remera. Ese momento no se lo deseo a nadie. Eso es traumático. A tu alrededor todos flacos en cuero, musculosos, que ríen y se divierten. Juegan carreras al mar. Y yo sigo vestido, a la sombra, simulando una insolación. ¡Pero qué insolación si estas blanco! Y hay un segundo donde te equivocás para siempre, donde dilapidás todas las oportunidades de tener alguna aventura veraniega. No aguantas más y te sacas la remera. Decís como si dijeras el preámbulo de la constitución: ‘me voy al agua’. Y a darle a paso firme, nunca corriendo. Caminar mirando el mar, esquivando lonas de mujeres y rezar para pasar inadvertido. Cosa que nunca ocurre. Repito, paso firme, mirando allá, serio, pura templanza, viejo. Sabiendo que esa caminata significa tu certificado de defunción. Te arrepentís, soñás con estar en esa playa de pescadores, jugando al tejo, donde todos son felices. Llegás al agua y te sumergís instantáneamente, te das cuenta que hay solo veinte centímetros de agua y que vas a tener que pararte. Otro puñal. Y entonces trotás un poco, y te cruzás con ese grupo de mujeres que ya te habías cruzado en las escaleras, cuando todavía competías. Ya no, y te das cuenta en los ojos de ellas, que recorren todo tu cuerpo blando con restos de arena barrosa. Vos seguís, por inercia, pensando seriamente en la opción de Alfonsina. Hay que llegar rápido adonde el mar te tape hasta el cuello y quedarse ahí seis o siete horas, lo que haga falta para que la playa quede desierta.”

——————

Quien lee esto y no es capaz de pasar del llanto a la risa, del dolor a la ternura, no se merece llamar argentino. Y sin embargo, Guido habla de “púber”, es decir, de esa edad que inventó Dios o el marxismo, para que uno construya su identificación con los humildes y ofendidos de la tierra. Porque es una edad vivida con luna llena: lo que era un niño se empieza a transformar en hombre, y ese festival de hormonas es la metamorfosis en cámara lenta del hombre-lobo. Pero cuando atravesás el umbral la panza se convierte en un pequeño trofeo. De más está decir que Ni a palos banca a morir a Guido y a su panza. Porque, seamos buenos entre nosotros, alguien que tiene más de veinticinco y conserva los abdominales marcados es, en principio, un nabo que está todo el día yendo del gimnasio al espejo, no morfa, no toma, no se clava unas facturitas con los mates domingueros, y no lee una y otra vez la correspondencia Cooke – Perón ni ve obsesivamente Gatica de Favio, todas actividades que, más temprano que tarde, hacen salir la panza.
La panza en enero es un mensaje: ‘mirá todo lo que pasó por acá’. Pero la panza también, como en el video de Los Fabulosos Cadillacs, es un tambor de piel que acompaña el canto de hombres satisfechos, una hermandad de vino y asado que hace cómplices, una forma de la vida buena. La panza como ideología. Eso, la panza como resistencia cultural a la dictadura de la ensaladita de berro. Al gran pueblo argentino y panzón, salud (y asados).

Tus comentarios

1 Comentario

  1. Ana dice:

    La pubertad, o horror hormonal , constituyó tambien una de las épocas más blancas de mi piel, protegida de los rayos UV x multiuples remeras, la maya , se apreciaba como algo distante y vago, como utopias de 2 piezas, 3 piezas , maya entera, denegada para la proletaria figura curvilinea (circular) de mis tiernos años, claramente hoy a las 25 puedo nombrar mas de 300 libros leidos, una capacidad de análisis interesante, hermosas tardes con mate y facturas
    y la misma horrible sensacion puberal de “SOS remera” cuando tengo que probarme un bikini, lo bueno , hoy puedo reirme de todo eso


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