Notas

Clavo, que te clavo la sombrilla

0 Comentarios 27 Enero 2010

Clavo, que te clavo la sombrilla
Sí amigos y amigas, finalmente, esta ciudad que ha hecho de la negación de su condición costera una marca de su desarrollo metropolitano, tiene playa. ¿Qué es una playa sin agua? Bueno, no nos vamos a detener en detalles insignificantes que en nada modifican la cuestión. Lo cierto es que ya nada debemos envidiar a las montevideanas Pocitos o Playa Ramírez, y mucho menos a las cariocas Copacabana o Leblon. Allá en el sur, a metros nomás del Riachuelo, desde diciembre funciona una de las dos sedes de este emprendimiento veraniego llamado Buenos Aires Playa. Fuimos un miércoles abrasador de este enero impiadoso movidos básicamente por la curiosidad que tan pomposo título nos produjo. Gorrito, ojotas, musculosa, palabras cruzadas y un termo para el mate, lo invitamos a chapotear por la playa Pro de Villa Soldati.
Prohibido pisar el césped
La ruidosa Avenida 27 de Febrero, la última avenida hecha en la ciudad, que corre al lado del Riachuelo desde Puente Alsina hasta Puente de la Noria hace de borde con el predio, del otro lado, una reja que limita con el lago contaminado del Parque Roca.
La primera escena que aparece es fuerte, un hombre solo, sentado en una reposera, lee debajo de una sombrilla frente al lago. Hasta aquí todo bien, el problema es que a no más de un metro, entre él y el agua hay una reja que cuadricula el paisaje, y un cartel que recomienda “No andar descalzo fuera de la zona con arena”. Y uno piensa maliciosamente: ¿cuáles fueron las políticas públicas que el gobierno macrista llevó adelante para hacer más amigable esos pastos del sur de Buenos Aires sobre los que se recomienda no pisar descalzo? ¿Cuáles políticas de vivienda social, cuáles políticas de salud pública, cuáles de educación, tendientes sino a resolver, al menos a mitigar, o en última instancia a no aumentar los padecimientos cotidianos de las miles de personas que habitan estos barrios? Y uno responde con vocación crítica: nada, salvo tirar un poco de arena, simular que es una playa, y decirle a la gente que no salga de ahí porque es peligroso pisar.
Y sí, es una playa, al menos la mitad: un vaso medio lleno… de arena. Pero es algo, una política, un espacio incorporado que estaba en desuso, y que no hace el Mal.
“Vengo de…”
Un grupito de chicas caminan. Tienen la edad en que su inocencia empieza a extraviarse. Deberíamos decir, por la seguridad jurídica de los cronistas, que son menores. Pero no lo son. Y son ese grupo de chicas donde hay una que usa aparatos y cuando se ríe se sonroja, y hay otra, más gordita, que es la que va al fondo, pero que sentimentalmente es el soporte del grupo (¡es la que llama a todas para ir a la playa aunque después sufreeee!), y siempre hay una o dos, que son las más audaces, que ya fuman, y que podrían estar en la primera fila de un programa de bailanta en América. Bueno, estaban esas dos que resecaron aún más la sed del seguridad que cabeceaba sentado bajo un árbol y que de tanto mirar puede derretirse. Ese grupito mortal se acercó hasta donde los dos cronistas, fofos, tomaban una bebida zero.
Risita va, risita viene, a la chica del pequeño buffet (una gordita que a todos trata de “sí, bebéee”, “gracias, corazón”) las sacude rápidamente con un “por qué no se dejan de romper las pelotas, chicas”. Después aclara, guiñándonos un ojo, “querían comprar preservativos”. Y ahí se pierden las risitas de las chicas en otra dirección, en busca de un promotor de la playa que les diga dónde pueden conseguirlos. A escasos metros, dos con pinta de orgánicos de la hinchada de Chicago y una bellísima rubia que ponía sus pies sobre la mesita del buffet donde se entibiaba una coca, interrumpían su silencio con frases entrecortadas acerca de los regalos que la rubia había recibido. Ninguna belleza nos incluía, y narrar es hacer las veces de turista japonés, así que las cuentas se hicieron solas: ¿cuánto tiempo vamos a pasar en la playa porteña? Pero el grupo de chicas se acercó al pequeño escenario donde dan clases de aeróbic y una empezó a ordenar el reaggetón, y la música de pronto invadió todo, invadió al viejo que leía tranquilo en su reposera, invadió a las dos nenas que aprendían a abrir y cerrar una ducha lejos de mamá, invadió igual que el mar cuando avanza y despierta a los dormidos. Estamos en la playa, y de acá no nos vamos tan rápido.
En esta playa del sur porteño hay todo lo lindo que puede haber en cualquiera del Partido de la Costa. Y una amplia mayoría de los beneficiarios de esta inversión pública porteña son… bonaerenses. Familias del conurbano, gorrito de Banfield, camiseta de Los Andes. La playa cuenta con sala de lectura, juegos de orientación, clases de aeróbic a partir de las 5 de la tarde, un pequeño buffet de bebidas y comidas rápidas, duchas, canchas de vóley y fútbol, pelotero y castillo para los chicos, una gran cantidad de reposeras y sombrillas, y la vista a un lago que se separa de la playa por un alambre, como ya dijimos. Abre de martes a domingo de 10 a 19 y suele ser tranquila, aunque los viernes y el fin de semana se llena, no alcanzan sillas ni sombrillas y hay cola en las duchas.
Omar es profe y dice: “la gente se porta bien, viene de los barrios de la zona, muchas veces cortan el laburo y se vienen a tomar mate acá”. Se puede ver: la mayoría son familias, madres con sus hijos pequeños.
“Vengo de Budge. A los chicos parece que les gustó. Y es lindo, tranquilo. Creo que voy a seguir viniendo. En febrero me tomo vacaciones. Pensamos irnos a la costa.” Dice una madre junto a sus dos hijos y una vecina.
“Vengo de Villa Albertina. Del otro lado de General Paz. Es la primera vez que vengo. Y la verdad que está muy bueno. No tenemos vacaciones. Trajimos a los chicos, a mi viejo. Algo bueno que se hace hay que destacarlo, eh. Y lo bueno es que no hay descontrol. Nosotros llegamos a las 10 y media de la mañana, nos trajimos todo para pasar el día. Cuando entrás te revisan la hielera, y está bien. Hay que evitar el abuso.” Quien habla es un vecino que trae a sus hijas, su mujer, su padre, y que pasa el día entre la reposera y la ducha.
“Hubo pequeñeces –dice uno de los muchachos de seguridad- pero no hubo conflictos grandes. No se permite ingresar con bebidas alcohólicas. Se puede traer comida, bebida. Y los menores ingresan con un mayor. Los chicos solos no pasan. No importa que sean de 17. Cualquier cosa que suceda no nos podemos responsabilizar.” La playa es gratuita, y estas normas se respetan. “Los menores se retiran cuando el mayor se va. No puede quedar ningún menor solo. Después como norma no hay nada. Se supone que es un clima familiar. Y estamos tratando de que todo salga bien, de evitar toda clase de conflictos, de invitar a quien está haciendo algo incorrecto a salir afuera tranquilamente. Una vez entraron una botella de cerveza, los vimos a punto de abrirla, y los invitamos a que se retiraran amablemente. Y así lo hicieron.”
Aire y luz
Uno de estos cronistas, con una especial precisión para errar en los pronósticos, pensaba en los siguientes términos, allá por 2007, cuando Macri ganaba las elecciones porteñas por amplio margen: si esta ciudad superhabitaria y políticamente híper visible hizo presidente a un tipo de una incompetencia clamorosa como De La Rúa, con una performance medianamente prolija, el PRO se anota claramente en la competencia presidencial para los años venideros. Pero el pronosticador, como ya hemos dicho, suele fallar, y no sospechaba ni un poco el nivel de fracaso de un gobierno que naufraga entre la vieja runfla del menemismo residual de la Ciudad y la incompetencia de los gerentes que estudiaron con Mauricio en el Cardenal Newman. Porque lo que fracasó es la política de apuesta a la muerte de la política como lógica de gestión. O sea: un macrismo sin Macri se irá imponiendo, tal como las nuevas movidas lo registran. ¿Qué quiere decir esto? Centralmente, que eso que el macrismo traía como supuesta novedad, esa incorporación de “aire y luz” (tal como Alejandro Rozitchner metaforiza al PRO), con chicos recontra chetos aprendiendo a ecualizar la gestión hizo agua, y su gobierno se irá llenando de cuadros de esa vieja política que venía a sustituir. Pocos días antes de navidad un barrio cercano a esta playa se prendió fuego casi entero, en las últimas tormentas cayeron árboles como si hubieran bombardeado la ciudad y la calles se transformaron en verdaderos cursos de agua durante algunas horas. En todos los casos, se trata de hechos imprevisibles, cosas que simplemente ocurren, sin embargo, tras dos años en el gobierno ya no es posible decir: “lo que pasa es que falta Estado, falta gestión, etcétera”. Ahora, su prosa sobre las soluciones automáticas se choca con la realidad oxidada y humana del Estado.
¿Qué tiene que ver esto con Buenos Aires Playa? Bueno, esta es una amigable medida del Gobierno porteño que navega en las aguas de una gestión que no ha dado respuestas para casi ningún tema, y que muestra, como si fuera un pequeño universo que reproduce a escala parte por parte al universo mayor que lo contiene, los rasgos del mundo Pro. Un río de sombrillas amarillas juegan criquet bajo la luna…
Buenos Aires Playa podría ser, antes que nada, una escenografía publicitaria: todo amarillo, hasta saturar, todo con aroma a stand, todos con cara de promotores, con esa amabilidad plástica de evento institucional. El macrismo parece no poder salir de allí, de esa lógica que lo vio nacer y lo llevó a sus mejores momentos: la mirada marketinera sobre la política, la religión del focus group y los publicistas entre la sensibilidad cheta de los chicos de la Facu que se fueron a la ONG, la moral de las esposas de los coroneles que militan en la Acción Católica y la fascinación de corte berlusconiano por el hombre exitoso de empresa; sensibilidad, nobleza obliga, que ha logrado interpelar a una porción muy considerable del electorado más ilustrado del país.
Pero esta playa, ay, escapa un poco a esta descripción a la que entregamos nuestra fe. ¿Por qué? Porque simplemente permite que mucha gente goce, acampe, se quede un rato y sienta la protección de lo público. O sea, es algo natural en lo que cada tanto una gestión incurre: hacer la vida más fácil y más placentera de las personas.
El macrismo es penoso y su gestión en la ciudad es de lo peor que se ha visto. Pero la playa está buena. Ni más. Ni menos.

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(Pequeña y humilde recomendación: Vaya esta pequeña contribución a los gurúes publicitarios que todo el santo día se la pasan pergeñando ideas brillantes para que al jefe de Gobierno le vaya mejor.
Una de las imágenes del verano, además del topless de Susana “en su chacra” es sin dudas la de Mauricio en bermudas pateando en las arenas de su Buenos Aires Playa. Amigos creativos asúmanlo de una buena vez: Maurico no tiene ni un cuarto de onda, da frío, acartonado, tiene cara de ingeniero -un poquitín- garca, digamos. Es así, qué le vamos a hacer. No gasten más sus afiebrados cerebros en humanizarlo y volverlo cálido. Peor que alguien sin onda es alguien sin onda fingiendo tenerla. Él vino así, sin swing, déjenlo.
Ah, y otra cosa, tampoco lo intenten con Larreta, que es un caso de sinondismo de una gravedad pocas veces vista.)

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