C. Mortae
21 Junio 2009
Resulta incomprensible cómo tantos ciudadanos están dispuestos a votar para diputado a un completo desconocido. No desconocido él, sino su pensamiento y su pasado. Hablamos de Francisco de Narváez, el millonario que aparece de buenas a primeras como lo nuevo de la política.
Y es extraño porque De Narváez, más allá de su payasesco presente estudiado al dedillo, no sólo es el tipo que tiene un canal de televisión o el magnate que hubiera terminado siendo ministro de Desarrollo Social de la tercera presidencia de Menem, sino que además fue un actor que intervino de manera directa en la vida de las personas y opinó sobre diversos temas.
Porque hay que decir que existe un coro periodístico benévolo para con el colombiano, a quien trata, en el mejor de los casos, como un mecenas de romos punteros. Por ejemplo, cuando el gobierno neuquino ordenó reprimir docentes y mató al maestro Carlos Fuentealba, el Colorado dijo que Sobisch “Hizo lo que tenía que hacer como funcionario público”. Está diciendo que va a reprimir la protesta social.
En un plenario en Harvard, explicando su rol directivo en Casa Tía, contó: “Despedí a todos, desde los cajeros hasta las secretarias de los gerentes. Fue una decisión difícil, que todavía me pesa. Es una tontería pensar en ella en términos de justicia. No hay justicia”. Está diciendo que apoya el ajuste, la flexibilización laboral y que desprecia la justicia social.
Más inquietante es la manera en que los medios entresacan sus declaraciones, se hacen eco de la agenda que él busca reproducir, lo edulcorada y feliz que resulta su caricatura en ShowMatch, el desgano con que se siguen sus posibles hechos de corrupción, desde la irregular adjudicación del predio de La Rural al sideral incremento de su patrimonio. Ni que hablar de las cosas que no sabemos porque no se investigan.
Hace poco, en una entrevista en un canal de cable, a propósito de la cantidad de dinero que usa para su campaña, De Narváez deslizó que no estaba cometiendo un ilícito porque no era para la difusión de un partido, sino que era “una inversión a título personal”. Quien invierte, en el mejor de los casos quiere recuperar lo que puso, cuando no ganar.
La repregunta está en Hawai, pidió licencia con goce de sueldo hasta el 29.
Volviendo al comienzo, a la par de Michetti, De Narváez es uno de esos candidatos que esconden más de lo que dicen. Habrá que dilucidar lo que oculta.