¿Debería un pibe que detiene la policía en la calle con un porro ir preso? Ni a palos. ¿El que fuma un porro es un adicto? Ni a palos. ¿El adicto es un delincuente? Ni a palos. Lo cierto es que, como nunca antes, se ha instalado en diferentes ámbitos de la sociedad argentina un debate en torno a la despenalización del consumo de estupefacientes. El problema es que en el imaginario colectivo –influido muchas veces por los grandes medios de comunicación—hoy el paco convierte inmediatamente a un pibe adicto en delincuente. Si el porro era visualizado como la puerta de entrada a las drogas duras, esta nueva droga aparece en la actualidad como el inicio de un viaje sin escalas hacia la delincuencia. Lejos de los prejuicios que envuelven la discusión, quisimos meternos de lleno en el debate sin eludir, quizás, lo más importante: la voz de los pibes.
EL ADICTO SUBVERSIVO
Mónica Cuñarro es la coordinadora del Comité Asesor del Ministerio de Justicia, y aporta desde el propio Estado una mirada lúcida en la materia. Para pensar la problemática compleja de las adicciones, se remonta a un hecho político fundamental. “Fue el propio Richard Nixon, presidente de los Estados Unidos, quien en la década del ‘70 logra que el ex Ministro de Bienestar Social, José López Rega, sancione la ley 20.771. Esa ley no erradicó los cultivos, tampoco logró controlar el flujo financiero ilegal, pero sí aumentó el tráfico de drogas y el consumo de sustancias legales e ilegales”. A partir de la sanción de esa ley en tiempos tan oscuros para la Argentina, el adicto comenzó a ser mirado como un subversivo al que había que perseguir.
Para Cuñarro, “las políticas estatales han sido un fracaso por erráticas y descoordinadas y han encaminado en los últimos 20 años la persecución al consumidor al poner al adicto primero, como consumidor-subversivo y luego, como consumidor– narcotraficante”. Según Cuñarro “crece el consumo porque crece la demanda, aquí y en todo el mundo, como producto, entre otras cosas, de la sensación de paraíso perdido. Los medios masivos de comunicación fomentan la integración del joven por medio del consumo como pauta de conducta rebelde, con la consiguiente atracción, mientras son eludidas las responsabilidades de la sociedad, las autoridades y algunas ONG sobre el citado fenómeno, dejando absolutamente todo en manos de las fuerzas represivas”. Los 90 trajeron consigo un avance sobre la criminalización y segregación de los usuarios de drogas. Una vez más Menem lo hizo, y se llamó Ley de Estupefacientes (ley 23.737), que es la que rige en la actualidad.
“Del 100% de las causas que ingresan a la Justicia Federal, el 70% son causas criminales de tenencia para consumo personal. De ese total no hay una sola causa elevada y sentenciada sobre lavado de dinero o desvío de precursores químicos para fabricar sustancias prohibidas. Del total del presupuesto oficial asignado al poder judicial federal para intervenir en las causas, el 70% se gasta en causas por menos de 3 gramos de marihuana, saturando el sistema judicial de casos de poca monta”, denuncia Cuñarro. Su diagnóstico es directo: “el narcotráfico es, después del tráfico de armas, la segunda organización criminal más poderosa. Y a pesar que a nivel internacional y nacional se aumentaron los controles (radarización, presupuestos a fuerzas y agencias), y crecieron los decomisos, está laro para todos que es mínimo en comparación con lo que llega a destino. Además, existen nichos de corrupción, y on la criminalización del adicto ceden las garantías individuales de los ciudadanos y aumenta la arbitrariedad”. Mónica Cerutti, doctora en Filosofía, cree que “poner a los ‘drogones’ como los causantes de una serie infinita de peligros” oculta más de lo que muestra, y agrega: “Andar generando una alarma se dice que aumentó exponencialmente
el consumo de drogas ilícitas, cuando los datos no indican esto, o que estamos lejos del promedio mundial actual, contribuye a hacernos creer que vivimos en el peor de los mundos. Y esto no es cierto. No somos tan especiales”.
Mónica sospecha de esta mirada “exagerada”. Y remata, “la alarma social te hace creer que estamos tan mal, tan irrecuperablemente mal, que tenemos que ocuparnos del tema de las drogas como si fuera el problema más importante, y te perdés de mirar el conjunto, es decir las problemáticas sociales complejas y diversas que contribuyen a la existencia de malestares y sufrimientos que afectan a las personas y que no pueden ser resueltos con pastillas, ni con cárceles, sino con más democracia, más igualdad de oportunidades, más redes sociales solidarias, más inclusión de los excluidos”. Está claro el método heredado de López Rega: segregar y poner en la figura del adicto los temores de la sociedad. Un problema para policías y médicos, perros de la DEA e informes periodísticos que acentúan el estigma y asustan a las viejas.
LA VOZ DE LOS PIBES
Matías, Macarena, Octavio, Gustavo, Nahuel, Marina y Antonella son adolescentes. Todos tienen entre 16 y 19 y habitan esa tierra llena de estigmas llamada conurbano. La charla arranca y Gustavo marca posición rápidamente: “Vos podés tener un amigo de toda la vida y si un día te lo encontrás y está fumando un porro, no vas a dejar de ser amigo porque fume, ni ahí.”
Octavio escucha, asiente con la cabeza y trata de marcar cómo evolucionó su mirada sobre la marihuana: “Cuando eras más pendejo y veías a alguien fumando decías `uy, este fuma porro´, y lo mirabas con otros ojos. Ahora ves a alguien que fuma porro y no pasa nada. Yo conozco gente más grande que viene de laburar todo el día por dos mangos con cincuenta y llegan a la casa y se fuma un porro para bajar tres cambios de una”.
Matías teoriza: “el porro es de la plaza, no del boliche, con el porro se hace amigos, es una droga social. Como hay fumadores de tabaco sociales, hay fumadores sociales de porro. Hay gente que no fuma en su casa solo y sí cuando está con amigos. Además, hoy conseguir marihuana es tan fácil como conseguir tabaco en un kiosco”. En este punto, Alexis agrega un dato, que también es generacional: “Además está internet, ahí tenés la información que quieras si querés cultivar”.
¿Y el alcohol? pregunta el cronista. Matías contesta rápido: “En la escala, el alcohol está debajo del porro, si el porro sube, el alcohol sube con el porro. No sé, es lo más común tomar.” Todos saben que ahora si la policía los detiene con marihuana encima “no pasa nada”, sin embargo, la aprehensión con los uniformados no cesa. Dice Nahuel, que demuestra conocer la calle: “no te pueden detener, pero te hacen una historia… Si sos pendejo, llegás a tener algo raro y te para la policía, te bardean mal los canas”.
Aunque para ellos la relación con ciertas drogas parece naturalizada (“está ahí, qué se yo, es normal”) muy distinto es el asunto con los padres. Arranca Macarena: “Los padres le escapan al tema – dice. Alexis sentencia: “Lo que pasa es que nuestros viejos no saben nada, nosotros sabemos más sobre la marihuana que ellos”. Gustavo completa: “con mi vieja, cuando vamos por la calle y siente el olor me dice: “pero cómo puede ser, vos viste lo que están haciendo esos chicos”, y yo le contesto “sí vieja, es lo más normal del mundo.”
Lo que aparece como un choque de generaciones, Macarena lo afina como un choque de mentalidades: “si yo le digo a mi vieja que fumé un porro me interna en una granja, aunque haya fumado una sola vez, esa es la mentalidad, para ellos fumar un porro es ser un drogadicto, y para mí no”. Octavio refuerza: “lo que pasa es que tal vez ellos también lo ven como algo más común en la sociedad, pero el problema es cuando son los hijos de ellos.” Entonces, lo que parece imponerse para estos jóvenes es una nueva definición del adicto. Dice Nahuel sobre el particular: “Drogadicto es el que no se rescata nada, el que está todo el día…”, Marina aporta “Drogadicto es el que no conoce el límite de cuándo parar”. “Vos podés tomar un vaso de vino, pero de ahí a ser alcohólico… acá pasa lo mismo”, emata Gustavo.
¿Y el paco? La respuesta es que – contrariamente a lo que los medios proponen- no es frecuente verlo entre los pibes, aunque Gustavo, que se pasó el verano trabajando en un cyber, relata su experiencia en primera fila: “Yo conocí a un flaco que venía todos los días a jugar tres o cuatro horas a la Play. Dos días no lo vi y pregunté por él, y me dijeron “No, está en cana, lo agarraron con paco y un fierro, estaba re loco”, y el pibe no era ni marginal ni de la villa, vivía en el barrio, el viejo tenía una estación de servicio.”
Para cerrar, la charla rumbea hacia el margen de maniobra que un pibe tiene hoy para decir “no, paso”, en un contexto de consumo generalizado. Matías, entonces, toma la palabra: “Si el círculo es de gente amiga, el que no fuma no es un salame, pero si estás en una fiesta en una casa, y no conocés a nadie y te pasan un porro y no te lo fumás, ahí sí sos un gil”.
EL PACO TAPA EL BOSQUE
El licenciado en psicología Adelqui Del Do cree que “el discurso en los medios masivos de comunicación sobre los jóvenes consumidores de paco es un árbol que tapa el bosque. Ofrecen una visión de la realidad desvirtuada, que aumenta el desconocimiento y el esteriotipo del joven pobre”. El objetivo, dice, es “estigmatizar hablando de la droga de los pobres, diciendo que del paco no se sale, que roban para drogarse, y que el paco rompe el lazo social.” La insistencia en estos lugares comunes va acompañada de pedidos de mano dura, de pena de muerte y de baja de la edad de imputabilidad. “El discurso mediático crea una realidad estigmatizante y patologizante de la adolescencia y la juventud, para poder denigrarlos y excluirlos. Todos los días vemos informes y notas periodísticas que asocian juventud, drogas y delincuencia.”
¿CUAL ES EL BOSQUE?
Adelqui es conciente de que lo que se dice del paco se basa en que es una droga que deshumaniza a quien la consume, pero poco se dice en nuestro país sobre el alcohol y los psicofármacos, siendo las sustancias que presentan mayores problemas de adicción”. Es decir que, estadísticamente, el paco es insignificante frente a los datos que arroja el alcohol. Miremos las estadísticas: según datos del INDEC, el 76 % de la población lo consume, además, está presente en el 47% de los homicidios que se cometen. Del Do advierte otro dato que permanece en las sombras y que también tiene al alcohol como protagonista la mayoría de las veces: “los accidentes son la primera causa de muerte en los adolescentes y jóvenes de nuestro país”.
Mónica Cerutti entiende que “si uno toma los índices de la ciudad de Buenos Aires en relación al consumo de fármacos, tranquilizantes y estimulantes en el resto del país, el consumo está muy por encima, lo que por el momento indica una situación sobre la cual hay que interrogarse, sobre todo teniendo en cuenta que se trata en un alto porcentaje de automedicación. Esto nos trae un tema que tiene que ver con el malestar en la sociedad y con cómo se tramitan los malestares sociales. Hay toda una tendencia que algunos psiquiatras y algunos médicos promueven y que contribuye a lo que se ha denominado a medicalización de la vida cotidiana. Tiene que ver con comunicar, aseverar y difundir la idea de que cualquier malestar, o sufrimiento se resuelve con pastillas”.
DESPENALIZAR NO ES LEGALIZAR
No está mal insistir con la mirada sobre la ruptura del lazo social que comenzó con el último golpe militar, y se completó con las políticas neoliberales llevadas adelante en los noventa. Entonces, los pibes se fueron quedando sin lugares de pertenencia y de contención. Esta es la situación que padecen millones de jóvenes latinoamericanos. La investigación “La juventud en Iberoamérica. Tendencias y urgencia”, desarrollada por la Organización Iberoamericana de la Juventud (OIJ) y la CEPAL, muestra que esa máquina de fabricar pobres que fue la década neoliberal volvió más sombrío aún el panorama social de los jóvenes latinoamericanos: “Los jóvenes de la región no sólo son pobres- sino que- su situación laboral se ha deteriorado al extremo ya que el hogar de origen del joven incide claramente en las oportunidades laborales”. Ante este cuadro, es necesario afirmar que el debate sobre la despenalización de la tenencia para consumo personal está confundido de manera intencional con la legalización de las drogas. Es necesario correr el eje de la discusión y transformarlo en un problema de Salud Publica e integración social más que en un problema de seguridad, como viene siendo hasta hoy.